Crónica de un sórdido verano

Por Carlos Martínez Márquez lunes 1 de julio, 2019

‘’Ojo por ojo, y el mundo acabara ciego. ’’ Mahatma Gandhi

Y, eran otros tiempos, porque todo era distinto; el olor de las comidas; las frutas y verduras y hortalizas, enriquecían el paladar como señal de buen provecho; las estaciones de cada año eran honradas por la ley de la naturaleza, en fechas puntuales. Cada estación emprendía su ciclo hasta pasar a la próxima. Aguaceros de mayo nos llegaba con exactitud y por casi todo un mes era un diluvio que abarrotaba los ríos y los páramos en lomas y montañas.
El rigor de las temperaturas, nos fue, para disfrute de todos, impecables.

Ya para el mes de septiembre se empezaba a sentir el gélido frescor de una temperatura súper encantadora.

El clásico de otoño-invernal del béisbol local era una señal de transición al frio, que provocaba el cierre de ventanas en nuestros hogares e invitaba a mitigarlo con una tizana de jengibre, para estar a tono, con la adrenalina del juego. Mi abrigo de jeans se mantuvo por varias temporadas, impecable. Salía del closet cada temporada de invierno para asistir al estadio de pelota, a ver al glorioso Licey y al legendario Escogidos y las huestes aguiluchas, que nunca dejaron de ser
nuestros rivales, hasta el día de hoy.

La década de los sesenta y setenta, era una especie de ‘’sueño americano’’, teníamos lo que necesitábamos: amor y respeto a los demás; la ideología revolucionaria que lejos de anarquizar el concepto ‘’rebelde’’, era una apuesta, a que los jóvenes de entonces, podían conceptualizar con autonomía, lo que podría deparar el futuro de nuestra generación y otras, en términos de una sociedad de igualdades.

La corriente de ese pensamiento plural, con una diversidad de propociones, era un sentimiento de apego a honrar la memoria de quienes influyeron en
nosotros, para mejorar nuestra condición humana.

Describo con tanta vehemencia- (guardando distancia)- respecto al modo de alimentarnos y la manera que absorbíamos aire puro, con la calidad de vida que hoy llevamos: agitados de manera desproporcionada, con un afán estresante de llevarnos el mundo por delante y contrariar la trayectoria del diario vivir hacia un laberinto irreparable, que nos remitirá a la disolución como sociedad, sin identidad y carencia de valores.
Fueron aquellos años maravillosos, llenos de vitalidad, que me dieron el formato básico, para ser un ciudadano de sentimientos y con valores arraigados en las buenas costumbres.

El ciudadano de hoy, que no fue el de mi generación, ha estado sometido al parnaso de desconciertos, escuchando poemas de horrores, donde unos cuantos pretenden nadar contra la corriente en medio de tempestades, y otros, guiados por los vientos que soplan, con ímpetu
huracanado, dispuesto a llevarse todo lo que entienda, no sería de buen provecho para la
digestión democrática.

Estamos en un punto vulnerable, la ebullición, fruto de las altas temperaturas, provocarían deshidratación de las neuronas, el cual nos impiden pensar con claridad, que es lo que vamos hacer con el país, que tipo de sociedad queremos…y cuáles serían los puntos más urgentes que
tenemos que enfrentar, para rescatar los valores inéditos de la familia del pasado, los principios de adoctrinamientos que profesaron en la práctica, el amor al prójimo y el respeto por la vida y derecho al libre tránsito, de que seamos felices, que no haya espacio para enfados y beligerancias. Somos, sin dudas, un mejor país que lo que hoy exhibimos.

Este verano ha sido devastador, la volubilidad de las altas temperaturas, nos pueden hacer perder las perspectivas, podemos enfrentar una ceguera que nos ponga en estado de alerta, sin ningún tipo de orientación y menguar la buena voluntad de quienes queremos seguir viviendo en este caribe maravilloso, que estamos a punto de destruir.

Exhorto a la clase política, a sus líderes, que pongan su cabeza en una tina de agua helada, para minimizar los efectos de la irracionalidad que los lleve a la
destrucción. Este es un momento crucial, donde cada quien tiene el sartén por el mango, o el maletín con la combinación de la bomba atómica… que finalmente hará trizas nuestra identidad, las buenas costumbres y la inversión de valores, que están inversamente desproporcionados, a lo
que fueron aquellos momentos de ensueños.

Por: Carlos Martínez Márquez

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