“Conversando con el Espejo” 

Por Manuel Cruz domingo 12 de abril, 2020

Todos en algún momento de nuestras vidas sin ser budistas a nuestro espejo le preguntamos que, si el mundo que nos rodea es aquel que nos ideamos y le pedimos consejos sobre nuestro futuro haciendo comparaciones entre el presente y los errores de nuestro pasado. Todos, en alguna etapa peleamos contra el destino por tener una agenda independiente al margen de lo que uno opina. Nos escudamos en la prefectura de una depresión singular, sin teléfonos ni mensajes y encerrados en el sueño de un mundo artificial.

Asimismo, todos, aunque sea una vez cuestionamos a nuestro espejo sobre el por qué nuestras conquistas no se comparan con nuestros esfuerzos y si los tropiezos, los engaños, las desilusiones y la envidia son parte de los proyectos. Empero, a pesar de la insistencia el esotérico espejo hace un mutis dubitativo y, nos perdemos aún más en la iracunda cacofonía que nos generan los profusos insomnios al tratar de asimilar a una sociedad que menosprecia la meritocracia y que premia con vehemencia, alevosía y desfachatez a individuos anodinos.

Por tal razón, todos en algún momento hemos vivido una noche de guerra fría en una disyunción estéril al no poder comprender, por qué Dios permite este desconcierto social escudado bajo el displicente concepto del libre albedrío y, por qué habilitó la incongruencia suerte hasta para aquellas personas cuya única virtud es venderle sus nauseabundos apoyos al mejor postor. Dentro de ese contexto, al espejo hay que preguntarle con mucho dolor que, ¿si está seguro de que nuestros hijos van a comer y estudiar con el desagradecimiento que reciben aquellos sindicados como serios?

Desde esa perspectiva, todos los seres humanos en algún momento de su vida han visto sus espejos como el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén y se han enfrascado en los recuerdos de aquellos amores perdidos; que si Dalila fue peor o Afrodita un diamante pulido. Esas interrogantes y posteriores decisiones que surgen bajo los estímulos del condicionamiento pavlovliano, son las que llevan a un individuo que toda su vida vivió aferrado a la epifanía arquitectónica de un ideal; a enrumbarse en el ocaso de su existencia por aquellos caminos por los cuales precisamente en toda su trayectoria trató de esquivar.

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