El Cónsul mandó el mensaje equivocado

Por Rolando Robles lunes 3 de julio, 2017

Por una sin razón, muy propia de los funcionarios de mentalidad obsoleta, hasta mi ha llegado la reacción -un tanto desconectada de la realidad, por cierto- de lo que piensa el honorable cónsul Carlos Castillo, en relación con mis críticas a los consulados dominicanos en el mundo, especialmente el de Nueva York, que es donde he vivido por los últimos 35 años.

Cuando yo afirmé que la reunión de aquel sábado 17 de junio en los salones del Consulado, era para dar inicio en Nueva York al intento de reelección de Danilo Medina, no lo hice siguiendo instrucciones de nadie en absoluto. Porque todos los que me honran leyendo mis opiniones en la prensa, saben muy bien que lo que yo escribo, siempre obedece a mi particular forma de ver las cosas; que acepto de buenas ganas, no siempre ha sido absolutamente objetiva, porque siempre es muy personal.

Si yo hubiese tenido el don de poder escribir por encargo, es casi seguro que alguien ya me hubiera contratado, pues no soy el peor en esto de decir las cosas con el lápiz; pero tuve que agotar una vida de contribuyente al Seguro Social como “mecánico-electricista” durante 120 quarters o trimestres. Que el cónsul Castillo no lo sepa, lo entiendo, porque él no me conoce; aunque por no conocerme exactamente, no debe asumir que yo escriba por orden de alguien, aunque se llame Gregorio Morrobel, que de paso es mi amigo.

Ahora, quienes sí lo saben muy bien son algunas de las personas que están a su alrededor y que sí me conocen; y que debieron advertirle -a Castillo cuando se pronunció- que yo siempre he sido autónomo; y que desde luego, también escribo al público mis pareceres personales sobre los asuntos que tienen que ver con los dominicanos que vivimos por estos lares.

Mis críticas llegan porque los cónsules -incluido el que nos gastamos hoy- no hacen sus funciones, que están muy bien definidas por las leyes dominicanas y a la luz de los acuerdos internacionales firmados hace mas de 65 años en Viena, como muy bien lo expliqué para la fecha de la susodicha reunión. De lo que se trata es de que este cónsul y todos los otros, simplemente vienen a explotar a la comunidad dominicana residente en el Exterior.

Para ello cuentan con la anuencia del presidente de turno, que los nombra en la posición pagando favores políticos previos. Y está claro que, en esta oportunidad el honorable cónsul Castillo, pretende que le paguen por adelantado (con un año más en el cargo por lo menos) sus diligencias para la tan deseada -pero igualmente dificultosa- reelección presidencial del sanjuanero que nos gobierna.

Debe observarse que los tiempos cambian permanentemente, y antes los cónsules hacían su capital con la factura consular (eliminada hoy) y con la venta al granel de visas y pasaportes dominicanos, para toda clase de emigrante que demandara -y pudiera pagar el costo, por supuesto- de llegar hasta Quisqueya. Los clientes del “patriótico” negocio que nuestros cónsules han hecho por décadas y que algunos hacen aun, son por lo general haitianos y chinos.

Comúnmente, los ciudadanos migrantes orientales pagan el costo de “acercarse” un poco a Estados Unidos, ya sea usando nuestro país como trampolín o cualquier otro que tenga suficiente desorden institucional, como para permitirles permanecer “en tránsito” hasta la segunda parte de su viaje. Es similar a lo que hemos hecho los dominicanos cuando llegamos a Estados Unidos cruzando la frontera con México.

Los haitianos sin embargo, aunque aspiran también a llegar hasta el Norte, en su mayoría se han establecido en nuestro país de manera permanente, haciéndolo su “nueva o tal vez vieja patria”. Los dos millones de nacionales haitianos que residen ilegalmente en nuestro territorio, no siempre “pasaron el Masacre a pie”, como nos lo dijera el ya extinto Freddy Prestol Castillo en su conocido canto a la anti dominicanidad titulado “El Masacre se pasa a pie”. Buena parte de ellos pagó sus $50 a otro Castillo, o a su predecesor o sustituto, para obtener su visa de entrada al paraíso; que luego irresponsablemente, los gobiernos dominicanos han convertido en residencia permanente.

Esto que les cuento es tan cierto, como que ustedes pueden confirmarlo en los registros periodísticos. De tiempo en tiempo nos hemos enterado de que ciertos notables -y a veces indeseables- personajes extranjeros, viajan con pasaporte dominicano. A veces nos extrañamos y lamentamos esos hechos pero otras, hasta celebramos la “popularidad” de nuestro terruño. Y todo gracias a que nuestros cónsules -en su “patriótica labor de legitimo enriquecimiento”- son capaces de venderle su alma al mismísimo diablo, si él está dispuesto a pagar por ello.

Como ya les dije, los tiempos cambian, y en la actualidad, sin la famosa factura consular y con controles que dificultan la venta de pasaportes al mayoreo, las fortunas de los cónsules se construyen con los costos de los servicios que se prestan a los dominicanos residentes en el Exterior, que ya somos mas del 15% de la población dominicana. Imagínense ustedes, un mercado cautivo de casi dos millones de personas demandando productos nacionales como pasaportes, apostillas, cédulas, certificaciones, cartas de ruta, poderes diversos, permisos de viaje para los menores, apartamentos en Santo Domingo para el retiro, seguro de salud para los familiares, etc.. etc…etc.

Con tal volumen de demanda, se entiende perfectamente los ingentes esfuerzos que hace nuestro Consulado para llevar las “ferias de servicios” en los fines de semanas, hasta las mas alejadas áreas donde viva algún dominicano, así sean unos pocos. Los dividendos son tan grandes, que bien vale la pena el esfuerzo y costo de los mercados ambulantes del Consulado los sábados y domingos.

Hago estas precisiones, que admito son un poco ácidas y concluyentes, para desanimar cualquier intento de “entendimiento” como se acostumbra hacer, con los que critican tradicionalmente y con fines puramente mercuriales al cónsul de turno. Todo el que me lee debe entender que yo no busco y que no hay acuerdo posible con el Consulado, al margen de los intereses colectivos de los dominicanos. Y ¿saben qué? Pienso que lo he logrado; si es que hay algo de vergüenza, no deben ni invitarme siquiera al 1501 de Broadway.

¡Vivimos, seguiremos disparando!

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