Comunicación Política en un Contexto de Covid-19

Por Borja Medina Mateo jueves 16 de abril, 2020

En una campaña electoral, como en cualquier escenario de lucha, ninguna estrategia puede considerarse completa si no contempla en sí misma una parte detallada de contingencias. Es decir, toda estrategia debe anticiparse a eventos y hechos fortuitos o de fuerza mayor que pueden suscitarse en el desarrollo de una campaña.

Eso es lo que se ha evidenciado en la República Dominicana, especialmente, en el torneo electoral a nivel congresual y presidencial, que estaba previsto para mayo y fue pospuesto para julio del presente año. Un hecho fortuito lo ha provocado: la pandemia del Covid-19 o “Coronavirus”.

Antes de la llegada del Coronavirus al país, los candidatos a la presidencia de la república: el Lic. Luis Abinader Corona por el Partido Revolucionario Moderno (PRM), el empresario Gonzalo Castillo por el partido de gobierno y el expresidente Dr. Leonel Fernández por el partido Fuerza del Pueblo, lucían cómodos y relajados, cada uno ajustado a sus circunstancias. Sin embargo, en un natural ejercicio de comunicación política pasaron de lo subliminal a lo evidente. O sea, lo que anteriormente podía verse como mera práctica política, el covid-19 ha expuesto su verdadera esencia ante la población.

Previo al brote de este virus, Abinader Corona, centró su comunicación en repetir hasta la saciedad en todas sus apariciones su slogan de campaña, distribuido en vallas y anuncios por doquier. Pero, una interrogante surgía en la opinión pública: ¿Cuáles son las ideas y planes concretos que tiene este candidato para el país? ¿Cuál es su oferta electoral? 

Frente a tales cuestionamientos, su equipo político se aprestó a lanzar un documento con decenas de páginas y de conceptos pomposos, que no son de manejo fácil para la población leída y, mucho menos, para la desposeída de niveles mínimos de cultura y educación. Haber usado ese formato, sin espacio a dudas, puede considerarse como un grave error de comunicación política.

Vale reconocer que su candidatura ha proyectado fortaleza. Aunque, eso no significa que sea un resultado de su estrategia, sino, más bien, producto de una serie de sucesos políticos que la población ha considerado bochornosos e indignantes y, por éstos salir del Estado, el imaginario colectivo los asocia al gobierno central y los suma, entonces, a los desmanes que de por sí han propiciado un estado de hastío en la sociedad dominicana. Verbigracia, el caso de la suspensión de las elecciones municipales del 16 de febrero por parte de la Junta Central Electoral (JCE). En consecuencia, eso se inclina a favor de quien se ha entendido con anterioridad como oposición.

Pero, el caso de Gonzalo Castillo es más singular. Puesto que, desde su salida a la carrera por la presidencia comenzó a concitar un zarzal de acusaciones sobre uso de recursos del gobierno a su favor, inclusive, a lo interno de su propio partido hasta provocar renuncias de aspiraciones legítimas como la de, Reinaldo Pared Pérez, secretario general del partido oficial.

Más aún, en las primarias del 6 de octubre de 2019 su precandidatura fue acusada de fraude, tras salir favorecido en la implementación del sistema de voto automatizado que, a propósito, al día de hoy, la Organización de Estados Americanos (OEA) ha establecido como: “un software mal diseñado, mal gestionado, sin herramientas necesarias para prevenir o detectar fallas o ataques, sin buenas prácticas y en ausencia de los protocolos requeridos”.

Es evidente que la OEA, quizás sin intención, confirma las vulnerabilidades que advirtieron el fraude en aquellas primarias que terminaron con la división de ese partido.

En ese sentido, es lógico argüir, que la campaña del candidato oficial luce sin una estrategia apropiada de comunicación política y que había pretendido encubrirse en una colocación abusiva de publicidad. Lo que, además, provoca saturación en el electorado, denota una carencia de discurso político y, a su vez, la ausencia de una oferta electoral clara y atractiva; cosas que impiden desmontar la imagen del “candidato de la corrupción, del fraude y la discordia”.

La situación del Dr. Fernández es más particular aún. Ya que, al salir del partido en el que militó durante décadas y que presidió los últimos diecisiete años, para él, sus seguidores y la población en sentido general, es una transición importante. También, está el hecho de atravesar obstáculos jurídicos no sólo para ser candidato, sino, además, para rehacer o fundar un nuevo partido y montar su estructura a la carrera para unas elecciones municipales, congresuales y presidenciales.

La debilidad estratégica de la campaña del expresidente se puede apreciar, principalmente, en dos sentidos, primero, en la dirección, y, segundo, en el aspecto económico. En primer lugar, porque un segmento importante de la sociedad percibe en su entorno una dirigencia rancia que se resiste a la jubilación y, en algunos casos, a ceder los espacios de toma decisiones a las “rising stars” del momento. En segundo lugar, el componente económico se muestra en la capacidad para producir contenido publicitario con la calidad que demandan los tiempos, en la cantidad que demandan los tiempos y con la rapidez de estos días. Todo eso, en definitiva, ha afectado el ejercicio de una comunicación política eficaz.

Ahora bien, la llegada del Coronavirus ha puesto, implícitamente, a los tres candidatos de acuerdo en algo: ninguno tenía verdaderamente una estrategia de campaña completa. Pues, en ningún caso mostraron prever, siquiera por asomo, una crisis de tal magnitud.

Es ahí, entonces, cuando han salido a relucir sus reales ofertas de gobierno, su contenido y esencia real como aspirantes a la presidencia de la república.

Por un lado, hemos visto a un Gonzalo Castillo hacer galas de su abundante riqueza: donación de millones de pesos en efectivo, movilización de sus aviones por el mundo en diferentes ocasiones y propósitos. Lo cual, comunica la antítesis de la situación de precariedad y miseria que padece el pueblo dominicano. Así, el uso de recursos que se ejercía, quizás de forma subrepticia, ha quedado revelado.

En lo que respecta a Luis Abinader, posiblemente sin intención, ha dejado ver lo que puede llamarse una campaña de torpeza política, primero, por intentar seguir los pasos del oficialismo en el derroche de dinero para “ayudas” y, segundo, ofreciendo lo que no tiene, haciendo una especie de “bluff” que, traducido al español, sería: engañar o embaucar.

En otras palabras, en lenguaje popular dominicano, se entendería como: “bulto”, lo que naturalmente le resta prestigio y credibilidad a la comunicación de su campaña.

En lo que se refiere a Leonel Fernández, este no se ha salido de lo que en su trayectoria política muchos han reconocido como su fuerte: la comunicación. Ha concentrado su campaña en dar entrevistas nacionales e internacionales, a celebrar diálogos virtuales populares y en explicar en cada escenario qué es el Coronavirus, las dimensiones y amenazas de está crisis y cómo enfrentarla en un inmediato y mediano plazo en base a su experiencia.

Ahí, en cierto modo, pudiera apreciarse una debilidad de su estrategia en este contexto, pues, la gente está atemorizada y desesperada. Es un momento en el que la ciudadanía, además de la orientación correcta, requiere y prefiere ver acciones y movimientos concretos de quienes aspiran a dirigir su suerte. De pasar al terreno, en forma ligera y prudente, pondría en jaque el tablero electoral.

En fin, el Coronavirus vino de asalto, modificando el sentido de la campaña electoral por completo. Los candidatos se ven ahora con el reto de demostrar, realmente, ante la población: quién tiene los recursos para ser presidente, quién tiene el deseo de ser presidente y quién está preparado para ser presidente en estos tiempos.

En todo caso, la pandemia del Covid-19 ha dado la oportunidad, a quienes nos dedicamos al pensamiento estratégico, de repensar muchas cosas, entre ellas: la transparencia como principio fundamental de la comunicación política.

Comenta

Apple Store Google Play
Continuar