Cómo solucionar el miedo y otros problemas espirituales

Por Enrique Aquino Acosta jueves 25 de junio, 2020

En artículos anteriores se expusieron las causas, manifestaciones y efectos que producen el miedo. Se dijo que Dios creó los seres humanos para que establecieran y mantuvieran buena relación con ÉL y con su prójimo; para que fueran felices y no padecieran enfermedades físicas ni mentales y para que tuvieran amor, paz y gratitud.

Sin embargo, Adam y Eva echaron a perder esas bendiciones, debido a que su  pecado fue  transferido al resto de la humanidad como herencia. Caín fue el primero en heredarlo y por eso mató a su hermano Abel. Desde entonces, los seres humanos pecamos, delinquimos,  desobedecemos las normas de Dios y de la sociedad y corremos riesgos, peligros. También creamos conflictos y tenemos angustia, desaliento, aflicción, depresión  y miedo.

¿Cómo hemos tratado de resolver la referida problemática? Por un lado, nos hemos apoyado en nuestros limitados conocimientos y sabiduría y por el otro, recurrimos a las fuerzas de las tinieblas o satánicas. Sin embargo, hemos fracasado. ¿Por qué? Porque, somos pecadores y carecemos de poder para liberarnos de las causas, manifestaciones y consecuencias del pecado ni Satanás tiene poder para ello. Entonces, ¿Quién tiene ese poder? ¿Cómo se consigue? La Biblia responde.

Ese poder que necesitamos para liberarnos del pecado lo tiene Dios y se consigue por medio de su Hijo Jesucristo, a quien le ha dado poder, autoridad y potestad para perdonar pecados y liberar de ellos. ¿Cuándo se produce esa liberación? Cuando el Espíritu Santo convence de pecado, justicia y juicio a una persona (Salmo 62:11, Mateo 28:18, Juan 16: 8-11)

Tan pronto una persona experimenta ese triple convencimiento, está llamada a  arrepentirse de sus pecados y a creer con todo su corazón, alma, mente y fuerzas que Jesús murió en la cruz por los pecados de ella y de toda la humanidad. También debe admitir que comete pecados, confesarlos, recibir perdón y vivir en santidad, o sea, sin practicar ningún tipo de pecado o maldad. De esa manera, la persona experimenta el Nuevo Nacimiento del que habló Jesús a Nicodemo, es adoptada como hija de Dios, se convierte en nueva criatura espiritual y es liberada del miedo y otros problemas espirituales (Juan 3:1-7, 2 Corintios 5:17)

Cuando se produce esa transformación cabe preguntar ¿Por qué desaparecen los riesgos y peligros que corría la persona? ¿Por qué cesan sus conflictos, angustia, desaliento, aflicción, depresión y el miedo que sentía? Todo eso desaparece porque se convirtió en hija de Dios y El no pone espíritu de cobardía en sus hijos, sino, espíritu de poder, amor y dominio propio (2 Timoteo 1:7)

Aquí se cumple la promesa que aparece en Hechos 3:19, según la cual, Dios borra los pecados de cualquier persona que se arrepiente. ¿Para qué? Para  que viva conforme a su voluntad y no practique ningún tipo de pecado ni maldad. Sin embargo, ¿Viven de esa manera muchas personas que visitan la Iglesia Católica y las iglesias evangélicas? No.

Ellas piensan que viven conforme a la voluntad de Dios, porque se persignan, se dan palmadas en el pecho, comulgan o andan con una falda larga, con la Biblia debajo del brazo, cantan bonito, ofrendan y hasta diezman de sus ingresos económicos. Sin embargo, sus actos religiosos carecen de valor espiritual. ¿Por qué? Porque no se han arrepentido de sus pecados y su estilo de vida es mundano, razones por las cuales, no oran, no alaban al señor ni  estudian la Biblia para crecer en conocimiento, fe, obediencia y fidelidad (Salmos 34:1-4, 1 Pedro 1:16)

Esos son los “cristianos” que andan en peligros, que practican diferentes pecados, que delinquen, que son conflictivos y sufren normalmente angustia, desaliento, aflicción, depresión y miedo. Por eso, no muestran amor, gozo, paz, paciencia, mansedumbre fe, dominio propio, bondad ni moderación en su vida pública ni privada (Gálatas 5:21-22 y 2 Pedro 5-7)

¿Cómo se evita todo eso? Se evita mediante la dirección del Espíritu Santo, dependiendo de la gracia y el poder de Dios, orando sin cesar, alabando y estudiando la Biblia diariamente. Solo así se evitan los pensamientos pecaminosos y los actos delictivos. Solo así se vive libre de riesgos, peligros, angustia, desaliento, aflicción y miedo. Solo así nos convertimos en verdaderos cristianos y tenemos vidas santas, como manda el Señor (Josué 1:9)

En los próximos artículos se ofrecerán otros consejos bíblicos que ayudan a  lidiar con diferentes circunstancias. ¡Que Dios nos continúe  bendiciendo!

Por: Enrique Aquino Acosta

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