“Cocote” y “El hambre dominicana”

Por El Nuevo Diario lunes 5 de febrero, 2018
Por Edwin Cruz, edcruz34@gmail.com

EL NUEVO DIARIO.-  Cual Miles Davis decidiera hacer cine, el hombre llega al set con la estructura de su intuición parcialmente escrita: sus preconcebidos cambios de formato, dan un sentido de atonalidad a la propuesta; luego en postproducción, el cineasta Nelson Carlo de los Santos decide redondear su dominicana estética del hambre: traza un cuadro en movimiento, donde-arquetípico en sus películas- borra la línea de la ficción,  dictando el paisaje, la historia a sus personajes… Personajes lastrados. Envilecidos. Marginados.

Esto sabemos de qué va: el abuso y la sensación abismal de diferencias sociales en erredé, es de todos conocido. Por lo tanto, no hay sorpresa en su final, que pide reivindicación con el único recurso que el excluido puede blandir: la violencia. Pero una violencia estética. Holística.

Tan importante y sorprendente es la bella circularidad del movimiento de su lente. El laberinto contextual mágico-religioso al que nos sumerge, es hipnótico. La santería frente a los evangélicos, se presenta como guerra dialéctica que deviene en atomizante social por excelencia.

El universo sonoro, basado en la música concreta, lleva a pensar que la película fue escuchada primero por Nelson, y luego concebida en imágenes. Desde David Lynch, no había visto para este departamento tanta importancia y detalle en un realizador.

Las actuaciones son portentosas para el tejido diegético de opresión e inasibilidad dominicana en que se desarrollan. El pusilánime pero increscente en emociones Vicente Santos encabeza el reparto; Yuberbi de la Rosa, como la hermana que le antagoniza y lo desafía a rebelarse, es toda magia y espontaneidad. El huracánico talento de Judith Rodríguez-la tercera “hermana”- es acertadamente contenido. Explota cuando tiene que. Hurras y mucho más para Pepe Sierra, quien con acierto prodigioso, caracteriza al enemigo odiado, causante de la desgracia de toda una familia. Expande magistral el sentido de impunidad y anomia triunfal que su descripción exige.

Cocote reta, golpea con ejercicio antiestético. No da concesiones al primermundista que se sienta a contemplar con lastimosa mirada nuestro “primitivismo”. Es un acto de furia genuina. Es una película divulgativa de nuestra condición insular. Bella, pero también dolorosa. Asumamos el reto, comencemos a entendernos.

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