“Cancel Culture”, intolerancia que amenaza la inclusividad

Por Alfredo García

“Libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír”
– George Orwell

“El respeto al derecho ajeno es la paz”
– Benito Juárez

“No puedes dejar que tus fallas te definan, tienes que dejar que tus fallas te enseñen”
– Barack Obama

“Cancel Culture” es un movimiento surgido en Estados Unidos con el fin de retirar de los medios de comunicación y redes sociales todo contenido tendencioso con carácter desinformativo que suprima la verdad, propague el odio, el racismo y promueva la violencia.

De entrada, la premisa de este movimiento suena interesante y hasta loable, si la misma se mantuviera fiel a los postulados que enarbola, dado que cuando vamos a la práctica vemos que es todo lo contrario, ya que opera como brazo opresivo para acallar voces disidentes a las narrativas establecidas, consideradas por el statu quo como políticamente correctas.

Sin dudas que todo al extremo hace daño y el “Cancel Culture” está rayando en la intolerancia cuando en lugar de velar por la verdad y los buenos contenidos, amenaza la libertad de expresión; poniendo en jaque a todo aquel que se atreva hacer un libre ejercicio de su derecho constitucional, de poder decir lo que piensa bajo el amparo de la carta de los derechos humanos, que en su artículo 19, establece que de ningún modo se puede sancionar o molestar a nadie por emitir su opinión.

Es por ello que considero incongruente expulsar a una persona de los medios de comunicación y todavía peor cancelar las cuentas de redes sociales de aquellos que emiten versiones contrarias a las de las mayorías, pues cada punto de vista debe ser respetado y ponderado en su justa dimensión, esté o no en lo correcto, bajo el entendido de que nadie es dueño de la verdad absoluta.

En ese orden de ideas, puedo señalar que partiendo de la lógica de lo que ha sucedido en el pasado, muchos comentarios que eran considerados aceptados en el momento de ser emitidos, hoy día son considerados como inaceptables y hasta nefastos.
De modo que, en esa misma evolución, lo que hoy es inaceptable, en el futuro pudiera ser la norma, por ende, se hace inoportuno coartar la libertad de expresión.

En ese orden considero que lo que lleva a que una democracia sea ejercida de manera saludable, justa y se enriquezca, es precisamente el debate de las ideas en aras de alcanzar una mayor inclusividad.

De poco vale que sólo se escuche una campana, cuando toda historia tiene dos o más versiones, que deben ponderarse en su justa medida, por cuanto favorecer un solo punto de vista sobre los demás porque se ajusta a la narrativa del momento, amenaza la democracia y evita el crecimiento intelectual de la sociedad.

Recientemente Joe Rogan, dueño del podcast más oído del mundo, fue duramente atacado por supuestamente difundir informaciones falsas en el contenido de su show “Joe Rogan Experience” el cual llega a once millones de personas en cada edición a través de Spotify.
Rogan desató un vendaval cuando invitó al médico Robert Malone a su show, y en sus declaraciones éste dijera que una de las vacunas contra el Covid 19, hace más mal que bien.

Inmediatamente 270 médicos y científicos enviaron una carta a Spotify, solicitando la cancelación de Joe Rogan de dicha plataforma, algo inaudito dado que fue un médico especializado quien, como invitado, dio las declaraciones y no el presentador en sí.

Incluso hasta varios cantantes como Neil Young y Joni Mitchell emplazaron a la plataforma diciendo que sacaran su música, a menos que Rogan fuera explusado; una reacción totalmente inesperada por parte de cantantes, quienes tradicionalmente defienden a raja tabla la libertad de expresión cuando está siendo atacada.

Se puede estar de acuerdo o no con las posiciones que asume Rogan en su podcast, pero pedir que sea cancelado su show por las opiniones divergentes que emite o la de sus invitados, evidencia unos niveles de intolerancia que llaman a preocupación y propician poco a poco una profunda división.

Al mismo tiempo no sé decir si el Dr. Malone tiene razón o nó, tampoco comulgo con la mayoría de los planteamientos de Joe Rogan, sin embargo, veo como un despropósito sacar de los medios de comunicación a quienes tienen ideas diferentes a las nuestras, y tildarlas de equivocadas sólo porque desafían nuestras creencias, como si fuéramos los dueños de la verdad absoluta.

Otro caso penoso fue lo sucedido con el humorista norteamericano Dave Chappelle cuando el pasado mes de octubre grupos y activistas pedían la cancelación de su especial de Netflix llamado “The Closer” porque en su contenido ofende a la comunidad transexual.

Tras dicho escándalo la carrera del humorista ha recibido un apoyo tal de la audiencia que la plataforma ha visto lo rentable que su nombre se ha vuelto y se avoca a lanzar cuatro especiales donde el afroamericano será el productor ejecutivo, llamados “Chappelle Home Team”, iniciando el 28 de este mes de febrero.

Esto evidencia que en la lucha por los derechos de las minorías, cuando sus promotores la encausan de manera equivocada y la montan sobre los rieles de la intolerancia, provocan el efecto contrario del deseado y generan rechazo por parte de la sociedad, al tiempo que laceran su credibilidad.

De igual forma lo que no entienden algunos activistas, por cierto no todos, es que hay un margen de tolerancia que debe admitirse en las bellas artes y en especial a los humoristas que cuentan con licencias artísticas que son fundamentales como materia prima de sus creaciones.

Asimismo, llama la atención el caso de Whoopi Goldberg, ganadora del premio Oscar y comentarista del programa The View, suspendida por dos semanas de dicho programa de ABC News tras emitir una opinión equivocada.

El caso de Golberg vino a cuento tras decir que el holocausto no fue motivado por un tema racial sino de blancos matando blancos.

Es penoso que una comunicadora sea suspendida por dar su opinión respecto a un tema, ya que dicha suspensión es un acto que vulnera su libertad de expresión, lastima su dignidad y afecta su estabilidad emocional.

Este tipo de prácticas fomentan los temas tabues, que no puedan ser debatidos abiertamente por temor a herir susceptibilidades de ciertos grupos, que luego pudieran presionar y poner en riesgo la seguridad financiera y profesional de quienes se atrevan a tener puntos de vistas divergentes a los de las mayorías, o desafíen narrativas instauradas.

Ese ejercicio de comunicación es algo incongruente con la era de la información en que vivimos, y contraviene la lucha por la tolerancia que se libra como eje central de la inclusión.

Finalmente traigo a colación el caso de Kevin Hart, víctima por igual del “Cancel Culture”, cuando perdió la oportunidad de presentar los premios Oscar 2019, tras el surgimiento de tuits homofóbicos que publicó en el 2011.

En aquel entonces el hacer chistes al respecto era aceptado por todos y los mismos formaban parte de las rutinas de casi todos los humoristas de la época, por cuanto la sociedad los permitía y aplaudía.

Esta tendencia de mirar el pasado con los ojos del presente, sin entender el contexto histórico de la época, causa estragos que vulneran derechos y tergiversan la historia, ya que ponen los errores del pasado por encima del valor intrínseco de la persona, haciéndole pagar de manera retroactiva un costo moral, emocional y financiero, que a todas luces es injusto.

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