Bocinas que dañan

Por Ángel Gomera

Es impresionante observar el crecimiento que ha venido experimentando en los últimos tiempos, la ciudad de Santo Domingo; esto es así, por el incremento desproporcionado de poblaciones vulnerables en las periferias, las edificaciones cada día son más altas en la parte central, concediéndole a la ciudad un toque moderno de metrópolis.

A lo anterior se suma el aumento de plazas y comercios con una gama de productos y servicios varios; también se hace notorio ver y vivir el gran congestionamiento, ya sin horas pico de por medio, en sus calles y avenidas por la movilización continua y voluminosa de vehículos y peatones.

Asimismo, con ese crecimiento dinámico y pujante, también se reproduce en nuestras calles y avenidas, un vacío de cortesía y respeto entre unos y otros, fruto de una prisa sin humanidad, que lacera de manera pasmosa el buen vivir que debe primar en el seno de toda sociedad.

De lo que precede, podemos destacar el uso indebido, extremo e inconsciente que se le está dando al claxon o bocina de los vehículos, instrumento éste que, en vez de procurar evitar, con un uso adecuado, preventivo y racionar, las ocurrencias de accidentes, se ha convertido en un arma o dispositivo de violencia que atenta de manera directa contra la salud pública.

Y es que según un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), señala que “la contaminación acústica de las grandes ciudades es la segunda causa de enfermedad por motivos medioambientales, por detrás de la polución atmosférica”.

Este levantamiento o estudio nos revela que el ruido de vehículos puede provocar desde insomnio hasta ataques del corazón, pasando por problemas de aprendizaje, la enfermedad del zumbido o acúfeno, síntoma éste, asociado a varias formas de pérdida auditiva.

El mismo puede ser causado por exposición prolongada a sonidos por encima del volumen límite para la salud humana: 65 decibeles, trayendo como consecuencia, además de daños permanentes en la audición, otros problemas que afectan el bienestar físico y mental.

Y es que en nuestro país por todo se toca bocina del vehículo, cabe mencionar, por ejemplo: para señalar que ya llegamos a un lugar o a la casa, al momento de saludar a un vecino, como medio de justificación para mostrar irritación por la luz roja de un semáforo, si cambio a verde para que los vehículos que están delante arranquen como un cohete.

También, se usa con angustioso desborde en un tapón para que a los vehículos que están delante se transformen en helicópteros, salgan volando y dejen camino libre a el inmenso ¨yo¨ apuro, a los policías del tránsito para que den paso, ya que me hacen perder el tiempo.

Asimismo, en un parqueo queriendo vaporizar al otro; incluso para lanzar piropos a una fémina, celebrar el triunfo de tu equipo de béisbol, en una caravana política o como recurso para justificar la impuntualidad ante un compromiso o cita, entre otros ejemplos.

A todo esto, se suma el toque de bocina inclemente sin importar el encontrarse cercano un centro hospitalario, educativo, asilo, residencial o zona restringida.

Todo lo enunciado va en flagrante violación a la Ley 63-17 sobre Movilidad, Transporte Terrestre, Tránsito y Seguridad Vial, en su artículo 227, el cual establece que “los conductores que circulen en zonas urbanas no harán uso de la bocina. Sin embargo, deberán dar aviso audible con la misma en las zonas rurales provistas de lugares con poca visibilidad o cuando las características de las vías públicas y las circunstancias del tránsito lo ameriten para alertar sobre su presencia y garantizar la seguridad vial. ¨

Agrega además dicho artículo que: ¨todo conductor que viole esta disposición será sancionado con el pago de una multa equivalente a un (1) salario mínimo del que impere en el sector público centralizado y la reducción de los puntos en la licencia que determine el reglamento de puntos¨. Agrega además este artículo en su único Párrafo que:  El uso de bocina en la zona urbana será únicamente permitido cuando dicha alerta sea indispensable para evitar un accidente.

Ahora bien, entendemos que además de la aplicación efectiva de la normativa jurídica existente, se hace necesario trabajar en la ciudadanía un cambio de mentalidad, a través de una profunda educación cívica y vial, que posibilite el alcance de herramientas y mecanismos, que generen una conciencia responsable en el proceder de la ciudadanía en general.

No podemos obviar que el cambio es una constante en la existencia del ser humano, y el mismo implica romper con hábitos que no necesariamente son correctos.

Cada día exteriorizamos nuestras quejas ante el estado de ruidos que ahoga la ciudad, eso está bien; pero también debemos cuestionarnos qué estamos haciendo de manera personal para que las cosas cambien. Y es que Winston Churchill, atinadamente señala que: ¨Mejorar es cambiar; así que para ser perfecto hay que haber cambiado a menudo ̈.

Transformar y transformarnos, es el reto para modificar positivamente esos comportamientos inadecuados, y entonces así, incidir en la mejoría de la convivencia y seguridad que tanto anhelamos como sociedad. Un buen uso de la bocina es poner en práctica la prudencia.

POR ÁNGEL GOMERA

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