Eres Batman, pero yo no soy  Robín

Por Victor Elias Aquino lunes 14 de agosto, 2017

Un día de éstos descubres que eres Batman, que no necesitas el Lincoln  Futura modificado de 1966 para realizar misiones secretas en beneficio del bien común; que  tampoco de te hace falta Robin; que puedes enfrentar a la Gatúbela, al Pingüino y todos sus  enemigos con fuerzas especiales.

No me refiero  a Batman, el de la serie animada y a la película que tanto éxito tuvo  hace décadas con su Batimóvil, es un hombre  real, dominicano  de pura cepa,como el plátano, que se casó, tuvo hijos e hijas, nietos, y disfruta de  una dorada ancianidad, si es que a eso se puede llamar recibir una pensión.

Un hombre que puede desayunar en Santo Domingo, almorzar en Nueva  York y Cenar en Paris;  igual camina por las calles de  la zona Colonial, vestido de verde olivo, desayunó con balas, al lado de Caamaño, Picky Lora, Claudio Caamaño,  Montes Arache y otros que vivieron de cara al sol, con la lumbre de la constitución.

Saludó a Daniel Santos y lo recuerda, ese bolerista boricua que ilusionó a miles y encantó a diez miles mujeres de almas grandes y pequeños corazones. Bailó bachata  y hasta  intercambió parejas con el artista que por esos días era toda una celebridad.

Juega una partida de dominó, mientras recuerda sus hazañas, el tiempo pasa, confunde los  tiempos; pero no los verbos, ha escrito varios libros de poesía y filosofía.  Carga en sus espaldas la mochila de la guerra patria y sueña con las hazañas de sus  las  épocas  y hasta sus compañeros de armas y hazadas.  Sus palabras salen una tras otras.  Tiene un interlocutor más joven que él; pero  a golpes de fichas en una vieja de mesa de dominó todos los tiempos se parecen, “ y no estamos aquí para discutir, sinó para compartir”. Su voz truena cuando lo dice hasta parece un guardia de la Fortaleza de Santo Domingo.

Han pasado tanto tiempo juntos que ya no se sabe cuál es el joven y cual el viejo. Este que tiene la cabeza nevada, la mente alisada y viven pensando que el peso vale como en tiempos  de Trujillo.

A veces el joven,  se siente cómplice de una guerra en la que no peleó, de una novia que nunca tuvo de unos campos de arroz en los que nunca se recostó en San Francisco de Macorís,  de un jeep, en la guerra que nunca manejó, de  unas municiones que nunca entregó.

De un arma de fuego que nunca tuvo, de un rango que  sólo está en la mente del viejo, pero no hay nadie en la tierra que lo  convenza de  de lo  contrario, porque tiene la gorra de  Teniente Constitucionalista nuevesita.

A golpes de cartas, sorbos de café, los dos  son cómplices uno por comisión y otro por omisión, pero como discutirle  a alguien que es como tu padre  nunca has  estado con él en Macorís, o que nunca  viviste en la Calle Caracas si en efecto nunca lo has hecho.

Es por eso que existen las complicidades, así se disipan los tiempos,  se fomentan las relaciones y no le  matas la ilusión a alguien que sólo quiere existir el tiempo que le es dable con la austeridad de un ave, la paciencia de una tortuga, la mansedumbre de una paloma y la astucia de una serpiente.

Prefiero morir antes que matarte   con el dardo de las palabras  la ilusión de que  fue mi guerra, y que  yo peleé contigo en ciudad Nueva, pero la verdad es que apenas  tenía  cinco o seis  años.  Le he dicho a todo el mundo que no te lo digan, soy tu cómplice, por ti engaño el polígrafo.

 

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