Barberos o estafadores

Por Victor Elias Aquino lunes 15 de mayo, 2017

De niño, las barberías no eran de su agrado, era como entrar a un lugar extraño, donde había un poste de color rojo, azul y blanco, dando vueltas sin fin; y un hombre monótono y desconocido, que venía acompañado de un montón de abejas que zumbaban en sus oídos, más de 16 veces por segundo. Hablaba del abejón, pero desconocía el nombre de ese aparato.

Cada vez que sus padres, lo enviaban a ese lugar se sentía timado, como si le robaran algo de sí mismo, como si algo suyo se quedara en ese local. Entonces mirando al suelo estaba la evidencia: sus mechones.

Era como un contrasentido, quizás un desvarío, le quitaban sus propios cabellos, y al final también “tenían que entregar una suma de dinero, a ese desconocido”, en el punto de vista de este mozalbete, era un engaño.

Tenía que ir a ese lugar cada dos o tres semanas, de modo que aprendió a tolerar a éste hombre por pura paciencia, y cierto acomodo del destino.

Recuerda la manera de hablar de uno de esos hombres que se quejaba con un cliente, al que le dijo, “ usté no sabe pedí pelá”, la pelá se piden ocura o seimocura”. Era un lenguaje extraño, que apenas podía entender, habitual de la gente de la región del cibao.

Pasaron los años, pero nunca tuvo la mejor opinión del oficio, de gente que se ganaba la vida” jugando a cortar pelitos en las cabezas de las personas.”

Notó, que de año en año su cuero cabelludo se iba despoblando, como los sembradíos luego del paso del huracán; y pensaba para sus adentros – ¿Cuántas peladas tendré pendientes antes de morir-?

Su afro, de tupido de la adolescencia, devino en descolorido y sin fortaleza, como abatido por los pesares y el tiempo, y mostraba el inicio de dos grandes avenidas, que anunciaban una incipiente calvicie en proceso.

Siguiendo en esas vías, se llegaba a un punto sin retorno, identificable en muchas personas que pasan de 60 años, la zona de la moyerita (mollerita) de los bebés, parte blanda en la cabecita de los reyes de la infancia.

Ahí, se formará el circulo que he llamado de manera arbitraria “ de los obispos”; el redondel de lo que fue la mollera de la infancia, la parte que en los obispos se cubrirían con la mitra obispal, pero como el común de las personas no usan mitra la misma queda al aire y es del aire, como las canitas.

 

Ya adulto, con cada recortada, cada visita al barbero, le más cuesta tener que sentarse en una silla por la que han pasado cientos o miles de personas , a escuchar el sonido del c del abejón, cada vez más desprotegido con menos cabello. Años después, andando el tiempo, se sienta con una mirada retrospectiva y piensa que ha sido estafado por mucho tiempo, y no lo sabía.

Recientemente, vió a un hombre que entró al negocio que por cabello tenía pelusas, puras pelusas, como los recién nacidos; y cinco minutos después, pagó RD$ 250.00, convencido y sonriente de que había sido recortado.

Yo por el contrario, pensé que tenía suficientes elementos para abrir un expediente por la estafa. No les creí, ni al barbero, ni al contento estafado.

Minutos después entró una señora gorda que frisaba los 65 años, parecía uno de los modelos que con gracia y encanto ha esculpido ese Colombiano del mundo que se llama Botero. En tró con un reclamo: quería que un adolescente mal pelado y con ropa estrafalaria le sacara las cejas.

Miro la mujer, y pienso, en toda su juventud, es que no aprendió a sacarse sus propias cejas. ¡ no tiene una hermana que le ayude! ¡O a qué va la barbería !

Uno que miraba la agilidad con que la gente entraba y salía de la barbería anotó, que el barbero sólo duraba entre cuatro y seis minutos atendiendo un cliente, entonces alguien comentó que en 24 minutos se embolsillaba mil pesos.

La Conversación, fue escuchada por el entusiasta dueño del negocio que le dijo a éste reúnanse dos mil pesos. Carlos José salió de la trampa que son las barberías, se pela él solito.

 

 

 

 

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