Aulas sin maestros

Por Manuel Hernández Villeta jueves 12 de enero, 2017

Cuando se recuerda a Eugenio María de Hostos hay que pensar que la escuela dominicana necesita una revolución. Es que se de en su seno un fuerte temblor que haga vibrar todo el andamiaje. El aula hoy es refugio de maestros burocratizados y de alumnos detrás del desayuno y la comida.

El ángulo más importante en el mantenimiento de la escuela es el factor humano. El maestro está para educar, para levantar las nuevas generaciones, para ser un faro que ilumine el camino de los que carecen de conocimientos. Si el maestro pierde el sentido del orientador, es un estorbo en el aula.

Por desgracia, el maestro moderno es un buscador de mejores salarios, de un seguro médico, de conseguir préstamos favorables. A todo eso tiene derecho, porque está vendiendo su capacidad de trabajo, su fuerza intelectual es alquilada a cambio de una retribución económica.

Pero el maestro debe pensar que tiene entre sus dedos, en ese pedazo de tiza y frente a ese pizarrón, ejecutar una acción que puede significar el progreso o el atraso, entrar al futuro con el camino desbrozado o quedarse en una tierra de frustraciones.

Hostos fue un idealista, perteneciente al siglo pasado, pero su mensaje no es anacrónico, está presente y se necesita hoy. Podríamos hacer algunas enmiendas para motorizar su lenguaje, entrar con sus acciones a la época de las computadoras, pero siempre siguiendo la orientación moral y la fuerza positiva de la enseñanza para formar mujeres y hombres de bien.

Hostos fue un sembrador de ideas, como dijo el profesor Juan Bosch. Las ideas nunca mueren, pueden quedar congeladas, y sólo necesitan que se les eche agua para revivirlas. Hoy necesitamos a Hostos en las escuelas dominicanas, donde lo menos que se piensa es en educar a las nuevas generaciones.

Donde hay un mal estudiante, a quien se debe penalizar es al profesor. Si pasamos revista a la deserción escolar, o a los problemas que tienen los nuevos bachilleres para ingresar a las universidades por su bajo nivel académico, llegaremos a la conclusión de que la mayoría de los profesores de hoy no pasarían la prueba de la actitud, de la entrega, de la dedicación a la enseñanza y de tener su profesión como un sacerdocio al que hay que dedicarse en cuerpo y alma.