Así se construye la revolución educativa

Por Gerson de la Rosa lunes 21 de agosto, 2017

La actividad pedagógica se ha convertido en una de las más delicada, sensible y peligrosa de las ejercidas en el país. De todos los litorales, de forma alegre, se acusa a los educadores del bajo rendimiento, de mala conducta y la pobre competencia de los escolares dentro y fuera de los centros educativos.

Olvidan, todos estos improvisados jueces que, “para educar a un niño hace falta el concurso de toda la aldea”. ¿Dónde estará esta última? Internet, herramienta al alcance de buena porción de la población escolar, lejos de favorecer la curiosidad e invitar a la lectura, envuelve a los muchachos en las distracciones baladíes de las redes sociales. La pereza embarga la posibilidad de sentarse y pasar un tiempecito leyendo o escuchando con atención un video educativo.

Los padres están mandando a sus hijos a las escuelas. Los objetivos de la sociedad, de los tutores, de las autoridades educativas, de los centros, de los profesores y de los escolares, se contraponen. Fuerzas ocultas impiden el encausamiento de los intereses de todos esos sectores en una misma dirección: favorecer, de verdad, sin demagogia y menos propósitos ocultos, al alumnado.

¡Extrañeza de la vida, construimos el conocimiento! Se niega el aprendizaje repetitivo y nombrar a los educadores como tales. Sin embargo, los educandos están llagando a la secundaria con serias dificultades para combinar consonantes y vocales. Se estila nombrar a quienes acompañan la cacareada “construcción del conocimiento”, como “facilitadores”. Muchos, flexibles como el elástico y moldeables como el agua, se adaptan.

Es cuesta arriba educar si antecede a esta magna acción la descalificación del ente humano transmisor y organizador del proceso enseñanza-aprendizaje. Más difícil se torna, cuando los colegiales, antes de inscribirlos en las escuelas, son violados en su inocencia y predispuestos contra sus guías. Recuerden las acechanzas contra profesores por parte de progenitores. No es invento de niños la frase, “los profesores se cogieron con mi hijo”.

Se niegan a si mismo los actuales copiadores o hacedores de la política educativa actual. El desdén con el que tratan las bases sustentadoras de su formación, los cuestiona. Entendemos que si ellos pudieron lograr el sitial intelectual exhibido, no fue tan malo todo. Es necesario actualizarnos para alcanzar, en esta nueva etapa, los objetivos nacionales pendientes. Es inaceptable la extirpación, como es notoria, de todo el legado educativo hacedor de este presente imperfecto, pero nuestro. El enriquecimiento del bagaje acumulado nos ennoblece; su sustitución, pura y simple, nos torna serviles.

Si bien es cierta la necesidad de cada vez mejores maestros, por igual, hacen falta verdaderos estudiantes. Se espera se haga magia con individuos para los cuales la escuela no entraña ningún reto. Aunque cada día estos asisten a las aulas, lo hacen por ser obligados, buscar sociabilidad, para no  quedarse solos o ayudando en las casas o simplemente porque los centros son considerados, por  muchos, como corrales para atajar a los muchachos.  El esfuerzo de la escuela debe perfilarse como posibilidad de mejora a futuro. Hasta hoy la pelota y la política destronaron esa tendencia a futuro.

Igual a otras, la política educativa, en la época neo-liberal es una fuente fija de recursos del exterior aprovechada por unos vivos. Se sacrifica la identidad educativa dominicana para satisfacer el complejo de Guacanagaxis de unos pocos enquistados en el poder, cuya única misión es hacernos creer inferiores. Mientras crean confusiones entre los actores de la escuela, devengan lujosos sueldos.

Mientras educación siga controlada por carroñeros, el 4 por ciento dedicado a este sector se convertirá en sal, nunca alcanzará. La construcción de muchos centros necesariamente no significa mejora de la educación, menos que favorezca a la sociedad. Inversión en la formación  de profesores por si solo poco influirá en los necesarios cambios hacia un enfoque más moderno o adaptado a las necesidades de hoy. Más que nada, necesitamos el compromiso de todos en mejorar, no aprovecharnos.

Bien podemos empezar retomando el compromiso de las familias en el reforzamiento de los lazos y las necesidades tradicionales que las unen. Para esto es necesario convocar a las diferentes confesiones religiosas y discutir con ellas políticas tendentes a encauzar la nación. En la educación inicial, insistir hasta la saciedad en los aprestos con las más jóvenes generaciones. Desde ahí y la primaria, porqué no, volver con la lectura comprensiva fundamentando esta en los valores tan necesario hoy. Siempre será necesario airear los cerebros de los infantes con las casi olvidadas operaciones aritméticas. Para la agilidad mental, retomemos el conocimiento memorístico de la tabla de multiplicar, la recitación de poesía, cantos y la participación en la escenificación teatrales. Esto es para comenzar a rescatar la escuela.

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