Aranceles y subsidios

Por Manuel Hernández Villeta
A Pleno Sol

Es difícil mantener  a flote una economía que se agarra  de los servicios y es dependiente de los grandes suplidores extranjeros. Crear subsidios para las importaciones puede ayudar  a mantener los precios al nivel actual, mientras que se deben mantener todas las facilidades para el campo dominicano.

La producción y distribución de alimentos, hoy depende de las agroindustrias, el campesino nómada hace tiempo que dejó de ser un ente productivo. Las industrias que se dedican a la producción de rubros agrícolas y ganadería, necesitan también ayuda extra para mantener la producción y los bajos precios.

Hay que hacer ahora una mezcla de equilibrios. Con la guerra de Rusia y Ucrania las medidas que se toman a futuro, tienen que ser salvadoras, para mantener los precios y tarifas actuales. Si los países poderosos están sintiendo la crisis, es lógico que sean desbastadores  los efectos  para   las naciones del tercer mundo.

La producción local depende de la materia prima y los insumos que vienen desde el exterior.  Por consiguiente, si esos productos llegan inflados a precios del mercado internacional, a nivel local, los aumentos de los precios los colocarán a niveles inalcanzables.

De ahí que desde el gobierno, el sector privado, los partidos políticos, los técnicos agropecuarios y de otros renglones, deben aunar esfuerzos, para llegar a consenso sobre los aranceles a las importaciones y los incentivos al campo.

El momento también es propicio para que se plantee en forma clara y tajante, la necesaria ayuda que necesitan los pequeños agricultores. No solo es conseguir la distribución por los mercados de INESPRE, sino de que se les de asistencia en forma continuada.

Desde hace años, en la República Dominicana predomina  la gran ciudad sobre el campo. A largas zancadas se produjo una migración masiva del área rural, dejando la juventud el machete, para en las grandes ciudades  agarrar  el moto-concho o el chiripeo ocasional.

Esa masa migrante del campo arropó las áreas periféricas de Santo Domingo, Santiago y otras provincias, levantando tugurios a la orilla de los ríos, tomando terreno a la brava y poblando zonas donde no hay las mínimas condiciones para llevar una vida decente.

La migración masiva se dio en el campo por las condiciones de atraso y de abandono en que se vivía y todavía se vive. Una parte mayoritaria de las aldeas de los  campos dominicanos no tiene servicios de agua potable, de energía eléctrica, de dispensarios médicos, de cuartel de la policía, y las escuelas son precarias.

Sin la suficiente asistencia técnica y sin los créditos bancarios, el campesino sigue agonizando con una azada y un machete al hombro desde los primeros  hasta los últimos rayos del sol. Trabajar solo para estar cansado. Hoy se hace necesario ir al rescate del campesino dominicano, abandonado a su desgracia y a su suerte. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

Por Manuel Hernández Villeta

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