Anécdota de un tapón pascuero

Por Camila García Durán viernes 6 de diciembre, 2019

Apenas dan las 6 de la mañana en la entrada de Cuesta Hermosa III. El motoconcho del chaleco naranja lleva cinco vueltas de lleva y trae, mientras la guagua escolar del colegio americano se mantiene fija en su puesto de todas las mañanas, “no se le pegue mucho amigo, que de na’ se le van los frenos”, aconseja un peatón al conductor de atrás.

Es un atasco absurdo, no hay choque, Obras Públicas no está asfaltando, no llueve, ni hay AMET, pero tampoco hay salida. Es una de dos: te aguantas con el pie acalambrado en los pedales del vehículo, o te lanzas en contravía “a mil por hora”, arriesgándote a estrellarte con el que venga, o a que los “pendejos” que aguardan en fila pacientemente se llenen de odio y te linchen.

La desesperación se extiende a toda la capital, el colapso vehicular no sabe de horas pico, de emergencias , o de niños a bordo. El doctor, con cirugía en agenda, ha logrado avanzar unos pocos metros y la jueza no llegará al litigio, “si eso es allí mismito, en 10 minutos llego”, había calculadoen el desayuno.

Los niños del colegio americano ya acumulan seis tardanzas “la próxima no entran”, había advertido la ‘teacher’. El padre de familia de Sichorife ya está impuesto al tapón de su ruta, por lo que anda con media libra defritura y menudo en mano para los pasajeros que prefierendesmontarse. “¡No ombe!, llegamos más rápido a pie”, se quejan.

Los vendedores ambulantes de las “cuquitas y plataneras” han decidido estacionarse “ahí mismito”, no porque la calle sea de ellos, pero porque “nadie me paga la gasolina”; mientras, el tipo de la Infiniti le contempla las nalgas a través del retrovisor a la morena que va subiendo la cuestacon dos bebés a rastro.

El vendedor de cajüil haitiano se retuerce de risa con los pleitos, dichos y caras largas de los sufridos conductores.  Entretanto, el cobrador de la voladora se apea a descansar los pies y en el ventanal trasero de su güagüa se aprecia algo de cultura popular: “traigo la pámpara prendía.

Salir a la calle es sinónimo de cruzar las siete dimensiones del infierno y un piso de ñapa; es garantía de convertirse en una víctima más del problema de movilidad que vive la capital dominicana. El tumulto vehicular crece y no amaina, no hay salida ni planificación urbana. Los transeúntes se quejan y las autoridades no parecen encontrar solución. La calle de dos vías (que ha pasado a ser de cuatro) se ahoga en el mar de carros. Ni bien ha empezado diciembre y ya el muñequito de Waze ha presentado su renuncia “inmediata e irrevocable”.

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