And the winner is…

Por Carlos McCoy

Abrimos el sobre, sacamos la tarjeta, con alegres rostros y llenos de alegría gritamos a todo pulmón, ¡Y el ganador es…! ¡Los Estados Unidos de América! Sonrisas, aplausos y felicitaciones por doquier.

Desgraciadamente no estamos hablando de la ganadora de un concurso de belleza. Nos referimos a una sangrienta guerra entre dos entrañables hermanos como son Ucrania y Rusia, donde ambos están perdiendo.

Pero, cuando hablamos de que los Estados Unidos son los ganadores de este conflicto, no nos referimos al pueblo americano, estamos hablando de las grandes corporaciones multinacionales manufactureras de armamentos, las fábricas de buques, aviones, drones y helicópteros de guerra. Los proveedores de equipos de comunicación militar y toda la parafernalia necesaria para mantener una conflagración.

El dinero que se ha derrochado en este desgraciado enfrentamiento es como para ponerse a llorar. La Casa Blanca ha pedido 40,000 millones de dólares en “ayuda” bélica a Ucrania. Para que nuestros lectores tengan un punto de comparación, esta suma es mayor que el presupuesto de Haití por todo un año.

Si las Naciones Unidas, la misma ONU de la OTAN, hubieran solicitado esta cantidad de dinero para resolver el problema haitiano, en los 12 años que duró la azarosa invasión a ese país por parte de los Cascos Azules, otra cosa fuera hoy esa desgraciada nación. Pero resulta que los haitianos no son noruegos, ni ucranianos, blancos, rubios, de ojos verdes, sanos y educados.

Haití es de los llamados países de mierda, con una población negra, enferma y sin educación, viviendo en un territorio que la misma necesidad ha empujado a sus habitantes a deforestarlo, a un punto tal que hoy solo tienen el 2% de cobertura boscosa. Ahí no hay nada que buscar.

Según el portal France 24, en una nota firmada por el periodista Cristóbal Vásquez, corresponsal en Washington D. C. “Ucrania ha recibido de Estados Unidos hasta ahora 1.400 sistemas de misiles antiaéreos Stinger; más de 4.600 misiles antitanque Javelin; cinco helicópteros Mi-17; tres lanchas patrulleras; cuatro radares contra artillería y contra drones; 2.000 armas ligeras antiblindaje; 300 lanzagranadas y municiones; 600 escopetas y 600 ametralladoras; 5.000 fusiles; 1.000 pistolas; 25.000 chalecos antibalas; 25.000 cascos; casi 40 millones de cartuchos de munición para armas pequeñas y más de un millón de cartuchos de granadas, morteros y artillería; 70 hummers y otros vehículos; 6.000 sistemas antiblindaje AT-4 y 100 drones Switchblade”.

Esta es una de las justificaciones del presidente Joseph Biden para aumentar el presupuesto militar del próximo año en un 4%, lo cual elevaría ese renglón de la economía americana a más de 800,000 millones de pesos. Eso es el 40% de la suma de los gastos militares de todos los países del mundo. Rusia, segundo en la lista, gasta alrededor del 8% y China sobre el 4%.

Se imaginan ustedes esa fabulosa cantidad de dinero en vez de estar invirtiéndolo en guerras lo destináramos a la paz, a la producción de alimentos, a la creación de empleos, a investigaciones. Tenemos la ligera sospecha de que viviéramos en un mundo mejor. Todo este imponente gasto en una situación de carestía e inflación pocas veces vista en los Estados Unidos, donde la aceptación del presidente Biden en su manejo general de país, cayó por debajo de un 40% a solo seis meses de las elecciones congresuales.

Y pensar que todo este mejunje se debe a que al riquito del barrio se le metió entre ceja y ceja que el nuevo amiguito juegue de su equipo, donde él es mánager, dueño del guante, del bate y la pelota, pero, en esta ocasión, apareció el hermano mayor y, al parecer, cansado de observar pasivamente cómo poco a poco, a través de los años, los azules Tigres de la OTAN han estado sonsacándole jugadores, dijo, ¡basta ya!

Por Carlos McCoy

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