Amor no quita conocimiento

Por Elvis Valoy miércoles 15 de febrero, 2017

Me considero un militante de la lucha contra la corrupción. Mis escritos de toda una vida así lo atestiguan. Mi lucha no ha sido la de un fanático defensor de ucases subjetivos, sino que mi posición parte de una visión científica de este cáncer que afecta a toda la sociedad dominicana.

De ahí que mis convicciones me obligan a darle las espaldas a pasiones del momento que únicamente desvirtúan los sinceros deseos de transparencia a la que aspira la ciudadanía.

Y es que siempre he mantenido la tesis de que en nuestro país existe una manifiesta cultura de la corrupción, que se expresa en todos los ámbitos de la vida nacional.

En el sector público y privado la corrupción se hace patente, debilitando nuestras instituciones. Su combate nunca podrá ser una consigna emotivamente coyuntural.

Para luchar en contra de este flagelo que tanto daño hace, se requiere afrontarlo en todas sus vertientes, pues de lo contrario se estaría encubriendo esta calamidad que merece su eliminación de una vez y por todas.

Sin embargo, parcializarse, y tomar esa genuina bandera de lucha para atacar al adversario político y buscar acorralarlo entre las cuerdas, no es la medicina para extirpar esta desgracia que todo lo carcome.

Si aceptamos el axioma de que la corrupción es una afrenta perseguible e imperdonable, cómo describir la doble moral que practica mucha gente, escondiendo sus sucias manos manchadas de ahíto de peculado.

Esa manera de tener dos caras para las cosas, también es una carroña a eliminar, pues asesta un duro golpe a la anhelada institucionalidad, aspiración máxima de toda la ciudadanía.

De ahí que no es un secreto a voces de que detrás de la cacareada lucha en contra de la impunidad también se anida la doble moral.

Esta capacidad que tienen muchas personas de ocupar dos lugares al mismo tiempo, pues son corruptos y “luchan” en contra de la impunidad a la vez, hace un daño descomunal al país, que busca afanosamente eliminar ese estado de cosas.

La gente observa con preocupación cómo en este movimiento en contra de la impunidad se esconde el peculado que oculta dentro de una mampara sus alforjas atestadas del oro corruptor que pervierte y aniquila nuestra sociedad.

Es una verdad tangible que detrás de la exitosa marcha del pasado 22 de enero estuvo una gran parte de la oposición que fue derrotada en las pasadas elecciones, y que no se atreve a dar la cara por razones obvias.

¿Están calificadas una parte de estas personas para convocar jornadas de protestas en contra la impunidad? Resultaría un oxímoron esa contradicción y dualidad de discurso de toda su vida de que a, “Dios rogando y con el mazo dando”.

Es por eso que mueve a suspicacias el rumbo que están señalando los organizadores de los eventos anti-impunidad, sospechándose de que están siendo tratados como marionetas manipuladas desde la parte trasera de este teatro de farsantes.

Tan politiquero se percibe el movimiento anti-impunidad desde afuera que a muchas de sus figuras principales dejan entrever que los verdaderos propósitos y fines ulteriores de toda esta mascarada son rebatiñas y resacas de los resultados de las últimas elecciones.

Resulta sintomático de que no bien ha pasado la marcha, e inmediatamente una parte de sus visibles organizadores se han entregado a la defenestración del Ministerio Público, descalificándolo y denostándolo, todo eso a pesar de que apenas se inicia la investigación del caso Odebrecht, por lo que hay que esperar que la justicia haga su trabajo.

En un segundo acto de este drama con fines inconfesables, está las recogidas de firmas, para la asignación de fiscales especiales en la investigación del expediente en cuestión, un absurdo que ni siquiera está contemplado en nuestra jurisprudencia.

Resulta abusivo querer que el Ministerio Público no actúe con la celeridad que quieren los complotados detrás del manto verde y la lucha en contra de la impunidad, los cuales quieren sangre y fuego en la víspera, sin aún siquiera haberse interrogado a las partes.

Claro, en ningún momento puede el Ministerio Público hacer caso a ese deseo, pues sería una injusticia festinar un expediente de esa envergadura que requiere de una investigación objetiva y desapasionada.

Reina la confusión y los claroscuros en este affaire, y por eso es que el pueblo, con esa inteligencia natural que los distingue, percibe algo más que eliminar la corrupción y ponerle fin a la impunidad en este extraño movimiento que parece una mescolanza de mansos y cimarrones, siendo los últimos los que mueven las fichas del ajedrez.

Todo lo anterior me ha llevado al convencimiento de que falta mucho para una verdadera lucha en contra de la corrupción y la impunidad, ya que la actual es simplemente el accionar del resabio politiquero.

 

Comenta