A la memoria de Eugenio María de Hostos, Ciudadano Eminente de América (1)

Por Miguel Collado

PREÁMBULO

 

El 11 de agosto de cada año se conmemora en el mundo americano una efeméride hostosiana de gran trascendencia: el fallecimiento del humanista Eugenio María de Hostos, quien, por nacimiento, era puertorriqueño, pero que por el modo en que se identificó con los problemas sociales y políticos que afectaban a todos los pueblos de la América hispánica, también era dominicano, cubano, peruano, boliviano, argentino, venezolano, chileno, panameño, uruguayo, y brasileño. De ahí la aclamación aprobada en la Octava Conferencia Internacional Americana, reunida en Lima (Perú) en diciembre 1938, declarándolo a unanimidad, mediante resolución: Eugenio María de Hostos, Ciudadano Eminente de América. Su ideal supremo era la libertad de su Madre Isla (Puerto Rico), la unidad de las Antillas y de la América Latina toda.

 

Con esta entrega damos inicio a la publicación de una serie de artículos y notículas en torno a esa egregia figura del pensamiento iberoamericano, considerado el padre de la educación moderna dominicana y un auténtico apóstol antillano.

 

CUANDO HOSTOS DICE SER DOMINICANO

 

Conforme a lo registrado por Eugenio María de Hostos en su diario, él pisó tierra dominicana por primera vez el 31 de mayo de 1875, no el día 30 de ese mes como afirman algunos historiadores. Lo hizo al arribar en Puerto Plata el vapor americano Tybee que había abordado en New York. Es cuando conoce a Segundo Imbert, a Gregorio Luperón y a Federico Henríquez y Carvajal. Estos dos últimos habrían de convertirse en dos grandes amigos y colaboradores incansables del Apóstol antillano en su heroica empresa transformadora del sistema de enseñanza en la República Dominicana.

Ocurre que en septiembre 8 de ese mismo año de 1875, Hostos le escribió a los redactores del periódico La Paz ―órgano de la Sociedad Liga de la Paz, de Santiago de los Caballeros― una reveladora y poco difundida carta en la que expresa su deseo de conocer a esa histórica ciudad cibaeña:

«Si pudiera lisonjearme la esperanza de ser conocido en esa comarca y por ustedes, valdría algo la palabra de aliento que va a salir de mi pluma y de mi alma para ustedes. Siempre, y en todo el Nuevo Mundo, alma y pluma y vida entera han estado en mí a disposición de los buenos, y consagradas al presente y al porvenir de esta gran patria que jamás he visto limitada al pedazo de tierra que me disputan los españoles, y que veo en todos y cada uno de los pedazos de tierra en que está subdividido el Continente y en que está despedazado el archipiélago.

«Dominicano de sentimiento, como cubano de obligación, como puertorriqueño de nacimiento, como latinoamericano de origen y devoción y aspiración, me conmueve cuanto conmueve el viril corazón de todos nuestros pueblos, y no he podido ser indiferente al acto de inteligencia, de alto patriotismo y de elevada concepción de los deberes del ciudadano que hay en la actitud de las asociaciones política, económica y filantrópica que juntas han producido ese periódico.

«Quiero decir en alta voz que no hay pensamiento, sentimiento, acto, intención, aspiración, que no hayan tenido en mí el sello infalsificable de mi afecto razonado a este país».

 

Esa carta fue publicada en el periódico La Paz del 11 de septiembre de 1875 y reproducida, luego, en el tomo II de la obra Hostos en Santo Domingo (1942) compilada por el historiador Emilio Rodríguez Demorizi. Pero más interesante resulta la admiración puesta de manifiesto por Hostos hacia la provincia de Santiago nueve años después, el 5 de julio de 1884 ―fecha en que publica, en el número 10 de la Revista Científica (Santo Domingo), su artículo titulado «La provincia de Santiago de los Caballeros como ejemplo de adhesión»―:

 

«La provincia más provincia de todas las provincias de la República Dominicana, la de Santiago de los Caballeros. Ella es la que salvó de la invasión haitiana, todo el norte de la República: ella es la que, desde mucho antes, sostenía, con el espíritu viril que faltaba a las demás, la lucha por la vida en que estaban empeñados los colonos españoles de oriente y los colonos franceses de occidente».(1)

 

SE DECLARA «DÍA DE DUELO» POR LA MUERTE DE HOSTOS: HONRAS FÚNEBRES

 

Fueron múltiples, numerosas, las manifestaciones de dolor sentido por el pueblo dominicano al acontecer la partida definitiva, física, del preclaro puertorriqueño el 11 de agosto de 1903, sobre las 11 de la noche, en la ciudad de Santo Domingo, a pocos metros del Mar Caribe, que rugía con su oleaje bravío despidiendo al Sr. Hostos. En la mañana del día siguiente, al recibir la infausta noticia, la ciudad se desbordó dirigiéndose a la avenida Independencia para llorar a su maestro. No había espacio en la Hacienda Las Marías, en el hogar del ilustre fallecido, para tantas lágrimas de tristeza.

El Ayuntamiento de la ciudad de Santo Domingo, luego de celebrada una sesión extraordinaria por el Consejo Municipal en la mañana del 12 de agosto del citado año, hizo circular en hoja suelta la siguiente información luctuosa: «Eugenio María de Hostos ha fallecido. El Ayuntamiento de la Ciudad, como tributo rendido a su memoria, invita a sus habitantes para que solemnicen con su asistencia el acto de la inhumación de su cadáver que tendrá lugar esta tarde a las 4:00».(2) Posteriormente a esa nota informativa, ese mismo día dicho organismo municipal emitió un decreto mediante el cual

 

«ACUERDA:

 

1ro. A causa de la muerte del ilustre educacionista Don Eugenio M. De Hostos, se declara el presente día de duelo para la Ciudad de Santo Domingo.

2do. En señal de duelo se coloca a media asta la bandera nacional en la casa Consistorial y en los demás edificios municipales.

3ro. El Ayuntamiento asistirá al acto de inhumación del cadáver del fenecido y, como homenaje de respeto, colocará sobre su tumba una corona de inmortales».(3)

 

El cadáver del iluminado fue trasladado, a las 2:00 p.m. del 12 de agosto, a la Escuela Normal, situada en la zona colonial, presidiendo el acto fúnebre sus hijos Eugenio Carlos y Adolfo de Hostos Ayala. Desde esa hora y hasta las 4:30 p.m. dicho cadáver estuvo en capilla ardiente, recibiendo de discípulos y amigos entrañables del maestro las muestras de respeto que su grandeza merecía. Los restos mortales de Eugenio María de Hostos fueron depositados en el panteón de la familia del señor Armando Rodríguez, quien tuvo la generosidad de ponerlo a la disposición de la familia Hostos-Ayala. Haciendo brotar lágrimas de los ojos que, tristes, contemplaban el ceremonial, el ilustre Federico Henríquez y Carvajal, íntimo amigo y colaborador del pensador ido, improvisó un discurso panegírico, el cual transcribimos a continuación, casi íntegro, debido a que es una pieza oratoria muy poco conocida:

 

«¡El maestro! ¡El amado maestro! Helo ahí, rendido, rendido al fin en el largo viacrucis que es la existencia para quienes, como él, van por el mundo en ejercicio constante de la verdad, del bien y del deber, en cumplimiento del destino de la verdadera vida.

Ahí está el maestro, vacío el poderoso cerebro de pensador, que fue foco de luz, fuente de verdades, en su vida de apóstol, sin ritmo el corazón magnánimo, de par en par abierto a todo sentimiento noble, piadoso, humano, muda la lengua, que solo se movía a impulso del amor, para la enseñanza de la verdadera civilizadora, del bien fecundo, del deber austero.

[…]

¿Y es a mí, tu discípulo, tu compañero, tu colaborador en la obra, tu amigo del alma, tu hermano en ideales, es a mí, ¡ay!, a quien le toca decir las excelencias de tu espíritu y de tu próvida enseñanza? ¿Para qué? Si en todos los labios palpita esta dulce palabra, la palabra amable, la palabra mágica, la palabra inefable de Maestro.

[…]

¡Te has ido! Pero… ¡si ya tú te habías ido, hacía tiempo, en el silencioso recogimiento de tu razón y de tu conciencia! Te has ido y nos queda la santa labor de tu apostolado de educación insigne. Santa labor, porque tú fuiste tres veces santo: santo, por la bondad de tu organismo intelectivo; santo, por la energía de tu organismo volitivo, y santo por la pureza de tu organismo afectivo…

Tu obra no morirá. “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. Ahí quedan las fecundas manifestaciones de tu educador espíritu, tus enseñanzas fecundadas en todos los órdenes de la vida social: en el orden jurídico, en el orden económico, en el orden moral, en el orden constitucional, para el porvenir de la sociedad dominicana. Ahí están esas tres fuerzas sociales: la niñez educanda, la juventud educada, y la mujer dominicana, de la cual fuiste tú el primero en su preparación consciente para el hogar, para el verdadero hogar, el edificante hogar de las virtudes racionales.

Ahí están, y es honrado, sí, es honrado decirlo ante el cadáver del ilustre antillano, del venerable maestro, ante el país, ante esa América infeliz, que no sabe de sus grandes vivos sino cuando son sus grandes muertos.

[…]

¡Adiós, Maestro! En esta hora de angustias, en esta hora suprema, tus discípulos, tus colaboradores, tus amigos, cuantos contigo pensaron, cuantos contigo sintieron, cuantos contigo siguieron solícitos tu enseñanza de razón y de conciencia, deponen sobre tu féretro, como su piadosa ofrenda, la unánime protesta de perseverar en las obras de paz, en las obras de amor, de patriotismo, de civilización, iniciada, fundada y realizada por ti en la República.

En cuanto a mí, maestro y amigo del alma, yo, que he dejado ―¡ay, tantas veces!― sobre la tumba de amados muertos, con mis lágrimas, una parte de mi corona de espinas, hoy dejo aquí contigo uno de los últimos pedazos de mi alma triste y dolorida.

¡Adiós, Maestro!»(4)

 

CANTOS ELEGÍACOS EN HONOR A HOSTOS: LA POESÍA LLORA SU MUERTE

 

Las expresiones líricas, atravesadas de dolor y de congoja, no estuvieron ausentes en ese conmovedor momento de despedida de uno de los grandes hombres de América. Gastón Fernando Deligne, Apolinar Perdomo, Fabio Fiallo y Valentín Giró le cantaron; también lo hicieron los poetas Juan Tomás Mejía H., A. Ortiz  Marchena, Rafael M. Ruiz G. y Juan Francisco Mejía. Leamos algunas de esas sentidas elegías:

 

En la muerte del Maestro

Por Fabio Fiallo

 

Al mirarle caer sin esperanza

tendí la vista al porvenir que avanza,

siniestro… pavoroso…,

y sobre el pecho henchido y fatigoso,

resignado, incliné la mustia frente:

¡Nunca, nunca, hasta ahora,

la cruel segadora

habíase mostrado tan demente,

tan sabia, oportuna y bienhechora!(5)

 

A la memoria de Don Eugenio María de Hostos

Por Apolinar Perdomo

 

Que tú has muerto, ¿verdad? ¡Eso qué importa!

Es dicho ya vulgar que el alma empieza

a vivir en el borde de la tumba,

donde tienen su imperio las tinieblas…

Mas no ha de ser como le dice el vulgo:

pues que si el alma no muriera,

y hay alguien que, al regir el mundo, tiene

bajo su voluntad a la existencia,

por no tener lugar do hacer morada

a tu alma luminosa y gigantesca,

habría hecho inmortal tu vida ejemplo

para gloria del cielo y de la tierra!…(6)

 

Dolor

Por Valentín Giró

 

A la memoria del Maestro

 

Después que lo regaron

lágrimas y coronas y laureles

sobre la tumba del Maestro amado;

 

Y después que silentes, pensativos,

Los huérfanos del Bien iban saliendo

Y abandonaban el doliente sitio,

 

Palpé que en mi redor desfallecían

El sol radioso y la serena tarde…

¡Que en un lóbrego mar todo se hundía!(7)

 

Eugenio M. de Hostos

Por Gastón Fernando Deligne

 

Benévolo y sencillo; austero y noble;

formidable en la acción y el ensueño;

llevó a todo adelanto, grave empeño,

y a todo afán de bien esfuerzo doble.

 

Lucha su vida fue contra lo innoble;

y en cátedra y labor, vigilia y sueño,

quiso labrar conciencias, de halagüeño

temple de acero y altitud de roble.

 

Bajó a deshora a la tiniebla fría

a sumir para siempre en lo profundo

esa razón, potencia y armonía.

 

Lejos ya irradia, pero más fecundo;

como el sol, que en su aislada lejanía,

alumbra y fertiliza el vasto mundo.(8)

 

_______

(1) Ver: Emilio Rodríguez Demorizi. 2.a ed. Hostos en Santo Domingo. Vol. I. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2000. Pág. 133.

 

(2) En: Eugenio M. de Hostos. Biografía y bibliografía. Santo Domingo: Imprenta Oiga…, 1904.

 

(3) En: Ibidem.

 

(4) Federico Henríquez y Carvajal. «Ante la tumba del Maestro», en: Eugenio M. de Hostos. Biografía y bibliografía. Santo Domingo: Imprenta Oiga…, 1904. Págs. 36-38. Había sido publicado el 16 de agosto de 1903 en el periódico El Doctrinario (Santo Domingo).

 

(5) En: Ibidem, pág. 88.

 

(6) En: Ibidem.

 

(7) En: Ibidem, pág. 329.

 

(8) En: Ibidem, pág. 353.

 

Por Miguel Collado

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