La diplomacia furtiva que amigó la Cuba “raulista” con Estados Unidos

Por EFE martes 17 de abril, 2018

EL NUEVO DIARIO, LA HABANA.- Después de medio siglo de tensa enemistad, la Cuba gobernada por Raúl Castro se reconcilió con Estados Unidos en diciembre de 2014, resultado de una diplomacia furtiva que tejió tras bambalinas un entramado de reuniones a hurtadillas, cartas entre cardenales y embarazos secretos.

El 17 de diciembre de 2014, el presidente de Cuba, Raúl Castro, y de Estados Unidos, Barack Obama, anunciaron sorpresivamente al mundo el restablecimiento de relaciones bilaterales, rotas desde 1961, un giro diplomático que ponía fin a medio siglo de agravios, tensiones y enfrentamientos.

En su alocución de ese día, Raúl Castro propuso al otrora enemigo imperialista “adoptar medidas mutuas para mejorar el clima bilateral y avanzar hacia la normalización”, un lenguaje conciliador que contrastaba con la retórica beligerante del pasado.

El viejo discurso de confrontación ha revivido en el último año, con el magnate Donald Trump convertido en presidente de EEUU, que ha adoptado medidas de endurecimiento del “bloqueo” y ha frenado el diálogo, aunque se mantienen los lazos diplomáticos.

El anuncio de lo que se bautizó como “deshielo” fue la culminación con éxito de los contactos secretos que enviados de los dos países mantuvieron entre junio de 2013 y noviembre de 2014, la mayoría de ellos en territorio canadiense, con el apoyo del Vaticano y del papa Francisco.

Las conversaciones comenzaron para buscar una solución a la situación de los prisioneros políticos de uno y otro lado: el contratista estadounidenses Alan Gross, preso en la isla desde 2003 por “actividades subversivas”; y Gerardo Hernández, Antonio Guerrero y Ramón Labañino, los tres agentes cubanos del grupo de “Los Cinco” que permanecían en prisión en EEUU por espionaje.

Obama, consciente de que el cambio político con la isla que había prometido al principio de su presidencia no podía quedar en un simple canje de prisioneros, introdujo la posibilidad de restablecer lazos diplomáticos con la Cuba de las reformas “raulistas” y con ese arduo propósito se negoció en secreto durante 18 meses.

Raúl Castro encomendó esa misión a una persona de su estricta confianza, su hijo Alejandro Castro Espín, un coronel poco visible en la vida pública de la isla que está al frente de la Comisión de Defensa y Seguridad Nacional, desde donde se controla la inteligencia y la contrainteligencia.

Castro Espín negoció con un equipo estadounidense conformado por el asesor adjunto de seguridad del presidente Obama, Ben Rhodes, y el director para el Hemisferio Occidental del Consejo Nacional de Seguridad, Ricardo Zúñiga, hispanohablante, de origen hondureño y buen conocedor de Cuba, donde trabajó en la Sección de Intereses.

Tras varios encuentros en Ottawa y con el diálogo atascado, EEUU plantea en marzo de 2014 la mediación del papa Francisco a través de una cadena de misivas que inició con el senador demócrata Patrick Leahy, que había visitado Cuba en varias ocasiones para mejorar las condiciones de arresto de Gross e incluso se había reunido con Raúl Castro.

El destinatario de la carta de Leahy fue el cardenal Jaime Ortega, arzobispo de La Habana en aquel entonces, a quien le solicita que transmita al papa el deseo de EEUU de contar con su colaboración para mejorar la relación con Cuba, algo que sucede en un encuentro en el Vaticano en mayo de 2014.

El papa acepta su papel mediador y anima a los dos mandatarios a resolver “temas humanitarios pendientes” en sendas cartas, que antes de llegar a sus destinatarios pasaron por las manos del cardenal Ortega, del cardenal Theodore McCarrick -bien relacionado con la Casa Blanca desde sus tiempos de arzobispo de Washington- o el senador Leahy, entre otros.

Castro y Obama aceptaron de buen grado la petición papal y en octubre de 2014 las conversaciones clandestinas se mudan al Vaticano, donde limaron los últimos detalles de los acuerdos del 17-D con varios cardenales cercanos al papa como mediadores.

Mientras la “intervención divina” del papa lograba sus frutos, también se desplegaba lo que se conoció como la “diplomacia de la cigüeña”: Cuba accedió a aliviar las condiciones de detención de Gross -médico propio, ordenador y llamadas diarias- a cambio de que Adriana, la esposa del agente Gerardo Hernández preso en EEUU durante 15 años, pudiera quedar embarazada.

Descartada la posibilidad de un “vis à vis” porque Gerardo estaba condenado a dos cadenas perpetuas, la insistencia del senador Leahy logró que el Departamento de Justicia accediera a enviar el semen del cubano a una clínica de Panamá, donde se inseminó a Adriana en marzo de 2014, un embarazo que mantuvo oculto hasta la liberación de su esposo ese histórico 17-D.

Resultado de este enjambre secreto de reuniones y cartas, los dos países alcanzaron un inédito acuerdo que además de restaurar los lazos diplomáticos y el canje de presos, se tradujo rápidamente en el levantamiento de sanciones económicas a la isla, como la flexibilización de los viajes, la ampliación del límite de remesas o la exportación en algunos sectores.

Hasta el fin del mandato de Obama en enero de 2017, EEUU aprobó seis paquetes de medidas ejecutivas para aliviar el embargo económico a Cuba y su administración rubricó con la isla gobernada por Raúl Castro una veintena de acuerdos en sectores como telecomunicaciones, medio ambiente, salud y aviación civil.

En julio de 2015, ambos países reabrieron sus respectivas embajadas y desde el 14 de agosto, cuando el entonces secretario de Estado, John Kerry, visitó La Habana para asistir al izado de su bandera sobre el emblemático Malecón de la capital cubana.

Ambos presidentes se encontraron cara a cara en tres ocasiones: en la Cumbre de las Américas de Panamá, en abril de 2015; durante la Asamblea General de la ONU de Nueva York, en septiembre de ese año; y en la histórica visita de Obama a Cuba, en marzo de 2016.

El pequeño de los Castro recibió calurosamente en la isla comunista al primer presidente estadounidense que pisaba suelo cubano en 88 años: dialogaron sobre el embargo, sobre derechos humanos y libertades, además de acudir juntos a un simbólico partido de béisbol entre la selección cubana y los Tampa Bay Rays.

La llegada a la presidencia del polémico Trump ha supuesto un vuelco radical al clima de distensión propiciado por Obama: debido a unos misteriosos “ataques acústicos” a diplomáticos estadounidenses, su administración decidió el pasado septiembre retirar a más de la mitad de su personal en la embajada en La Habana.

Además expulsó a 17 diplomáticos cubanos de Washington, dejando bajo mínimos a ambas embajadas, lo que ha desembocado en casi una parálisis consular.

Trump, obligado a cumplir las promesas electorales al exilio anticastrista, también ha recrudecido el embargo, al imponer el pasado noviembre nuevas restricciones que impiden hacer negocios con empresas del conglomerado Gaesa, vinculado a las Fuerzas Armadas, además de dificultar los viajes a la isla.

A pesar de estas tiranteces, el logro de Raúl Castro y Obama de reanudar lazos diplomáticos, sigue vigente y la bandera de las barras y estrellas todavía ondea en el Malecón

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