1776

Por Raúl Mejía Santos

Mientras Filadelfia fue la capital política del proceso revolucionario norteamericano, lugar donde se congregaron representantes de las trece colonias británicas para dilucidar el conflicto con la metrópoli inglesa a partir de los brotes violentos de Lexington y Concord, suscitados en abril de 1775, más al norte la ciudad portuaria de Boston fue el epicentro de las actividades rebeldes y guerrilleras que más adelante concretó la independencia de Estados Unidos. En Boston nace la nación.

El 4 de julio de 1776 fue resultado de una década de confrontaciones y fallidas maniobras para reconciliar las relaciones entre los colonos en norteamérica e Inglaterra, la gran metrópoli europea de la época. La política contributiva impuesta por el parlamento Inglés al concluir la Guerra Franco India de 1756, por ejemplo, había deteriorado las relaciones entre ambas partes. Tanto así, que los primeros grupos rebeldes en las colonias norteamericanas, opositores callejeros a la autoridad inglesa y bautizados como los Hijos de la Libertad, se formaron poco tiempo después de lograrse la paz entre Inglaterra y Francia con el Tratado de París.

La conscripción militar había indignado a los colonos. Obligarlos a pelear contra el ejército francés y sus aliados indígenas de la zona fronteriza canadiense en una larga y costosísima guerra territorial, simplemente no sentó bien. El propio coronel George Washington, comandante de la milicia de Virginia, la colonia inglesa más antigua en norteamérica, dejó a un lado sus quehaceres como terrateniente de gran calado para participar en el conflicto bélico, demostrando una inmesurada valentía y compromiso en el campo de batalla que le afianzó respeto y admiración de subalternos.

Las medidas impuestas fueron detonante para movilizar a muchos contra el imperio inglés.  Entre ellas figura la Proclama de 1763, orden del Parlamento refrendada por el Rey Jorge III, la cual prohibía poblar las codiciadas tierras fértiles del valle del río Ohio. Región ubicada al cruzar los Montes Apalaches, especie de frontera topográfica para los ingleses, Ohio fue la joya arrebatada a los franceses como botín de guerra.

Esto no se dio en el vacío, fue un intento ingenioso del gobierno inglés para evitar otro conflicto armado, esta vez contra las naciones aborígenes que habitaban  la zona. La Confederación Iroquesa, pueblo indigena de valientes guerreros de la región de Nueva York y los bosques del noreste, acordó la paz condicionada a frenar las ambiciones territoriales inglesas, especialmente de colonos en pueblos colindantes como Pensilvania, Virginia y las Carolinas.

Como estrategia inmediata logró sus objetivos, pero la Proclama de 1763 fue percibida en las colonias como abusiva y exagerada, mandato que impedía el crecimiento y solidez de la economía agraria norteamericana. Las riquezas de la época provenían mayormente de las ventas en el mercado europeo del tabaco, algodón, índigo, azúcar, las cosechas arroceras y los maizales del sur. Para muchos, prohibir la toma de Ohio no tenía sentido y era un punto de gran contención con el gobierno en Londres.

Por otro lado, el primer arbitrio colonial para lidiar con la crisis fiscal y económica Inglesa, al concluir la guerra contra los franceses, fue la Ley de Azúcar de 1764. Arbitrio abarcador impuesto en el mes de abril, contemplaba gravar la importación de azúcar o melaza de colonias españoles y holandeses caribeñas.

A la vez, trancó los puertos al contrabando, e impuso serias penalidades a quienes se dedicaran a la evasión fiscal. Siendo Boston una ciudad portuaria, la más grande e importante en Massachusetts, fue de las primeras en resistirse a las medidas impuestas por el gobierno inglés.

La clase mercantil bostoniana, entre ellos el afamado y adinerado contrabandista John Hancock, fue el mollero que financió lo que resultó ser el inicio del proceso independentista, proclamando la separación total de Inglaterra un 4 de julio de 1776 y bautizando la nueva nación con el nombre  Estados Unidos de América. Así nace la nación más poderosa desde los tiempos de la antigua Roma.

Por Raúl Mejía Santos

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