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13/8/2013
Guerra de guerrillas en la revolución restauradora

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Para enfrentar un ejército tan poderoso y disciplinado como el español, que era constantemente reforzado con tropas enviadas desde Cuba y Puerto Rico, los dominicanos recurrieron al método de la guerra de guerrillas, ideado por Ramón Matías Mella, quien había regresado al país desde el principio de la revolución. Mella fue incorporado en octubre de 1863 al gobierno restaurador de Santiago y designado después Ministro de Guerra, principal cargo militar del gobierno.

La guerra de guerrillas era el método seguido en medio de una lucha desigual, cuando un ejército inferior se enfrentaba a otro más numeroso, mejor entrenado y con armas más efectivas. Ese género de guerra había sido bosquejado por Mella entre los meses de marzo y mayo de 1844, al fragor de los combates militares contra los invasores haitianos en Santiago. Pero fue a partir de su integración al gobierno restaurador cuando el prócer trinitario elaboró una circular conteniendo las instrucciones que debían observar las tropas dominicanas en el desenvolvimiento de la guerra contra el ejército español que ocupaba el país desde que el general Pedro Santana decidió arriar la bandera dominicana y en su lugar izar la española, aquel infausto 18 de marzo de 1863, día que debería ser declarado de luto nacional.

Tomando como referencia la circular escrita por Mella desde el principio de la guerra, el gobierno de Santiago elaboró otra en enero de 1864, donde se les daban las siguientes instrucciones militares a los soldados dominicanos: 

-“Hostilizar al enemigo de día y de noche, interceptarles sus bagajes, sus comunicaciones y cortarle el agua cada vez que se pueda;

-“Agobiarlos con guerrillas ambulantes, no dejarlos descansar ni de día ni de noche, y sorprenderlos cada vez que se pueda;

-“Pelear abrigados por los montes, los bosques y por el terreno y hacer uso del arma blanca, especialmente del machete;

-“No presentarle al enemigo un frente por pequeño que sea, sino hacerle la guerra de manigua (de guerrillas) y de un enemigo invisible;

-“Organizar un servicio de espionaje para saber los pasos del enemigo;

-“Si el enemigo repliega, averígüese bien si es una retirada falsa, que es muy común en la guerra. Si se retira, los perseguimos y si nos persiguen, nos les mandamos hasta hacerlos caer en emboscadas para acribillarlos;

-“No debemos jamás dejarnos sorprender y sorprender al enemigo cada vez que se pueda, aunque sea a un solo hombre”. 

Se sabe que el Presidente en campaña, general Pepillo Salcedo sufrió en enero de 1864 una derrota militar en la Sabana de San Pedro, cerca de Guanuma, al ignorar esas instrucciones militares. Para el gobierno de Santiago, la derrota de su Presidente, que andaba en compañía del general Luperón tratando de atacar a Santo Domingo, “se debe atribuir al haber querido cambiar la táctica que se había seguido desde el principio de la revolución y aceptar en campo raso una batalla... que provocaba al enemigo con seguridad de triunfo”.

Las victorias militares enemigas, en las regiones Este y Sur, crearon situaciones delicadas para los revolucionarios. Uno de los jefes restauradores en el Sur, el general Pedro Florentino, vivía abusando contra la población sureña y esas demasías eran las mejores aliadas del enemigo. En enero de 1864 el gobierno de Santiago reconocía que “estamos atravesando en estos momentos la crisis más eminente y más delicada de toda la revolución”.

El nuevo gobernador español en Santo Domingo, general Carlos de Vargas, había ideado otro plan de ataque contra la ciudad de Santiago, sede del gobierno restaurador. El plan consistía en traer masivos refuerzos militares y concentrarlos en Montecristi y desde allí marchar por la Línea Noroeste y tomar la ciudad corazón. Las tropas desembarcaron en mayo de 1864 por el puerto de Montecristi, comandadas por el general José de la Gándara, quien había sido designado desde marzo sustituto del general Vargas.

El gobierno de Santiago instruyó al general Benito Monción, jefe restaurador en la Línea Noroeste, para que organizara la resistencia contra ese nuevo ataque formidable que buscaba destruir el centro de la revolución. Esa nueva ofensiva fracasó porque los españoles no pudieron llevar a los patriotas a un encuentro frontal, sino que las tropas dominicanas en aquella región siguieron las instrucciones de desarrollar la táctica de la guerra de guerrillas y porque los riesgos en pérdidas humanas y los costos de la operación serían muy grandes para el ejército español, que sólo controlaba algunas ciudades costeras del país.

En medio de los fragores de la guerra por restaurar la República forjada por los trinitarios, regresó al país el patricio Juan Pablo Duarte, quien llevaba 20 años exiliado en Venezuela. Duarte regresó el 25 de marzo de 1864 por Montecrtisti. Vino acompañado de su hermano Vicente Celestino, del poeta e historiador Manuel Rodríguez Objío y el venezolano Candelario Oquendo. La llegada de Duarte al país fue como un rayo caído de un cielo sereno.

Al día siguiente partió hacia Guayubín en compañía del general Benito Monción, quien le dio la bienvenida a nombre del gobierno restaurador. Estando en Guayubín, pudo visitar y abrazar, el 27 de marzo, al general Ramón Matías Mella, quien se encontraba allí enfermo luego que fuera designado jefe del ejército del Sur, en sustitución del general Florentino que había llevado al fracaso las operaciones militares en esa región. Mella no pudo sustituirlo en San Juan de la Maguana por temor a ser agredido por las tropas anarquistas del general Florentino. Decidió entonces regresar por caminos agrestes, un tanto extraviado, hasta llegar a Guayubín afectado de disentería.

Aún frente a la espantosa realidad de la muerte, ¡qué hondo sería el gozo de su corazón al ver junto a su lecho a Duarte, quien, como un resucitado, había venido de la distante Venezuela a cumplir con el juramento trinitario! También estaban allí entonces, el héroe de Santomé, general José María Cabral. La presencia de los héroes, en tan tremendo instante, debió darle a Mella la consoladora impresión de que no estaba solo en el misterioso viaje hacia lo arcano. Mella fue trasladado a Santiago, donde el gobierno restaurador lo eligió Vicepresidente de la República en armas.

Duarte continuó su viaje hacia Santiago, donde llegó el 4 de abril para reiterar sus deseos de colocarse nuevamente al servicio de su patria. Días después, el patricio recibió una nota muy breve donde se le informaba que el gobierno “había resuelto enviarlo ¡otra vez a Venezuela! a una misión cuyo objetivo se le informará oportunamente”.

Argumentando que se encontraba en mal estado de salud, el fundador de la República no quiso aceptar una misión que en los hechos equivalía a un nuevo exilio, pero modificó su decisión después que alguien le entregó un ejemplar del Diario de la Marina, editado en La Habana, que contenía una crónica intrigante, donde se decía que el patricio había retornado para buscar el poder y que el Presidente Salcedo y los demás generales de la revolución “no querían ceder la preeminencia que hoy tienen entre los suyos, y verán de reojo al recién venido”.

Esa crónica insidiosa, inventada por los españoles, debió causar otro gran disgusto en el alma del hombre que tantos ejemplos de desprendimiento había dado en su vida. Decidió luego dirigirse nuevamente al gobierno, en carta al Vicepresidente Francisco Ulises Espaillat, donde señalaba que “al ver el modo de expresarse, con respecto a mi vuelta al país, del Diario de la Marina, se han modificado completamente mis ideas y estoy dispuesto a recibir vuestras órdenes si aún me juzgaréis aparente para la consabida comisión”, que iría a Venezuela a gestionar ayuda para la causa restauradora.

Duarte aceptó la propuesta del gobierno, pero antes le escribió otra extensa carta al Presidente Salcedo expresándole sus deseos de permanecer más tiempo en el país y participar en la contienda revolucionaria, que era su gran aspiración, y al ver el prolongado silencio del Presidente, decidió partir, a mediados de junio, para jamás regresar. Antes de volver a Venezuela, donde vivió sus últimos años, pasó por la terrible angustia de ver morir, el 4 de junio, a Ramón Matías Mella, el prócer que lo había proclamado para Presidente veinte años atrás.

Días después, el 14 de junio de 1864, ocurría la muerte repentina del general Pedro Santana, hecho que agravó la situación de los españoles en Santo Domingo porque el caudillo seibano era el principal baluarte político y militar de la anexión. Y tras su muerte vinieron las divisiones entre sus seguidores, “unos se pasaron al bando restaurador, otros se retiraron de la guerra, y un tercer grupo se fue con los españoles”, cuando abandonaron el país en los primeros días de julio de 1865.

En realidad, los jefes militares españoles habían comprendido la imposibilidad de derrotar a las tropas dominicanas, integradas por campesinos sin ningún entrenamiento, pero con la firme voluntad de derrotar al ejército invasor y sus aliados locales. Los soldados restauradores tenían instrucciones de evitar a cualquier precio las batallas frontales con las tropas anexionistas, por ser superiores en número, por tener un mejor entrenamiento, mejores armas y por tener mejor disciplina, al ser dirigidas por oficiales salidos de academias militares. Las tropas restauradoras hicieron mayores esfuerzos en atacar los convoyes enemigos que iban de un pueblo a otro cargados de provisiones, artillería, municiones, alimentos, tiendas, medicinas, dinero, ropa y demás pertrechos militares, tan necesarios en la guerra.

Las dificultades para abastecer a las tropas, más el abortado plan de atacar a Santiago desde Montecristi, llevaron a los jefes militares españoles a concentrar sus soldados en Santo Domingo, Azua, Samaná, Puerto Plata y Montecristi, que eran los puntos costeros más importantes. Esas concentraciones, realizadas a mediados de 1864, eran el preludio de la derrota.

Mientras tanto, en Madrid comenzaron a levantarse voces contrarias a la continuación de la guerra en Santo Domingo. Esa corriente de opinión pública se gestó en las Cortes o Congreso español, en la prensa, en los partidos políticos y en los círculos intelectuales. La oposición a la ocupación de Santo Domingo se hizo tan fuerte que generó en España varias crisis políticas que terminaron con la caída del Primer Ministro  Leopoldo O’Donnell, uno de los principales autores de la anexión. O’Donnell fue sustituido en septiembre por el general Ramón María Narváez, quien sometió la ocupación de Santo Domingo a la consideración y decisión final del Congreso español.

Conocida por La Gándara la nueva situación en España, se propuso ganar la guerra a través de las negociaciones. En septiembre de 1864 le hizo saber al gobierno de Santiago “que no rechazaría ninguna proposición... para negociar un arreglo que encaminase a ambas naciones a poner término definitivo a la guerra y quizás a realizar la paz”. El Presidente Pepillo Salcedo contestó que estaba dispuesto a negociar y envió a Montecristi, donde se encontraba La Gándara, una comisión para discutir los términos del acuerdo, que no prosperó porque en principio ambas partes se mostraron muy intransigentes.

En realidad, La Gándara no podía tomar ninguna decisión importante porque en España aún no se había decidido nada con relación a la guerra en Santo Domingo. Sin embargo, sus habilidades sembraron las sospechas y las confrontaciones en el seno del gobierno restaurador. Cuando Salcedo se proponía enviar una segunda comisión a Montecristi, el general Gaspar Polanco y otros jefes radicales de la revolución lo derrocaron en octubre. Salcedo representaba el sector conservador de la revolución. Él simpatizaba con el ex Presidente Báez que residía en Madrid, donde había recibido el título deMariscal de Campo del ejército español.

Las sospechas contra el depuesto Presidente tenían sus fundamentos, pues se había pronunciado a favor de Báez en los días en que había amenazado renunciar a su cargo, agobiado por los constantes desacatos a sus disposiciones. Mencionar el nombre de Báez en Santiago era algo más que un insulto, si se recuerda el fraude monetario ocurrido durante su segundo gobierno en 1857 contra los productores y comerciantes del tabaco cibaeño. Salcedo se manifestó además partidario de un arreglo humillante para la parte dominicana en las negociaciones con el último jefe militar español en Santo Domingo.

El nuevo Presidente del gobierno restaurador, un jefe guerrillero de mucho prestigio y encargado de la defensa en Puerto Plata, dispuso el apresamiento de Salcedo, quien se encontraba en la Línea Noroeste. Fue llevado a Santiago y luego al campamento de La Javilla, en Puerto Plata, donde fue fusilado por “una orden secreta del general Gaspar Polanco”.

Los generales Gaspar Polanco, Benito Monción, Pedro Antonio Pimentel, Gregorio Luperón y otros importantes jefes políticos y militares de la revolución, representaban el bando nacionalista radical dentro del gobierno restaurador, mientras el ex Presidente Salcedo era la cabeza visible de la facción conservadora, partidario de unas negociaciones con los españoles que perjudicaban al país.

En su breve gobierno de tres meses, Gaspar Polanco cometió varios errores, entre ellos, el fusilamiento de Salcedo y el haber iniciado en diciembre un ataque suicida contra las fuerzas españolas acantonadas en Montecristi. Ese fracaso militar llevó a los demás jefes militares a ponerse de acuerdo para tumbar a Polanco en enero de 1865, quien fue sustituido por una Junta Superior de Gobierno, presidida por el intelectual santiagués Benigno Filomeno Rojas y el general Luperón, hasta tanto se instalara la Convención Nacional que eligiera al Presidente de la República.

Las disidencias en el seno del gobierno restaurador eran atizadas por las intrigas del general La Gándara, quien disponía de algunos cómplices en el seno del gobierno que hacían su labor para que los dominicanos aceptaran una rendición contraria a los intereses nacionales.

La Junta Superior de Gobierno puso en vigencia la Constitución de Moca, rebajó los impuestos al tabaco, ordenó una investigación sobre la muerte de Salcedo y ratificó la convocatoria de la Convención Nacional para el 27 de febrero. Ese organismo, que era una especie de Asamblea Nacional, sesionó en la fecha prevista, y en ella se eligió al general Pedro Antonio Pimentel nuevo Presidente. Filomeno Rojas pasó a la Vicepresidencia. También se aprobó una nueva Constitución, inspirada en la de Moca, donde quedaron establecidos los ideales democráticos y revolucionarios, la gran inspiración política de los restauradores.

Mientras la Convención Nacional concluía su trabajo, en la "Madre Patria" se reunían las Cortes para debatir la cuestión de Santo Domingo. Después de amplias y prolongadas discusiones, se aprobó finalmente que las tropas españolas abandonaran el país, pues la guerra resultaba muy costosa para España en pérdida de vidas humanas y recursos económicos. La reina Isabel II firmó en mayo el decreto que dejaba sin efecto la anexión.

Enterado La Gándara de tan dura medida, quiso nuevamente embaucar a los dominicanos para convertir la derrota en un triunfo aparente para España. Una comisión que designó el gobierno de Pimentel para discutir con el general español las condiciones de la evacuación general, vino a Santo Domingo, donde se encontraba La Gándara, y se reunieron en la finca El Carmelo, situada en las afueras de la capital. En el pacto se decía que los dominicanos restablecían su independencia “por un acto de generosidad de la nación española” y que el gobierno dominicano le pagaría al español “una indemnización por los gastos de guerra”.

Esas maniobras del general La Gándara las hizo acompañar con la amenaza de que continuaría la guerra si el gobierno dominicano no aceptaba los términos de la desocupación. Pero ambas fueron firmemente rechazadas por el Presidente Pimentel. Los intentos de La Gándara por ganar la guerra en el campo diplomático concluyeron cuando recibió una orden definitiva para que procediera de inmediato a la desocupación del territorio dominicano, que se inició el 12 de julio de 1865.

Los soldados españoles se retiraron a Cuba, Puerto Rico y España en compañía de muchos prisioneros dominicanos. Algunos dominicanos que participaron en la guerra a favor de España, también se embarcaron a Cuba. Máximo Gómez fue uno de ellos.

En conclusión, el ejército español perdió la guerra en Santo Domingo porque la inmensa mayoría de los dominicanos rechazaba el viejo colonialismo y los intentos por restablecer la esclavitud; porque el gobierno haitiano del general Fabre Geffrard ayudó a los patriotas dominicanos por diversas razones, incluyendo la de su propia seguridad nacional; porque las tropas dominicanas desarrollaron la táctica de la guerra de guerrillas, ideadas por Mella; porque la fiebre amarilla y otros infortunios diezmaron considerablemente al ejército español; porque la guerra en Santo Domingo causó convulsiones políticas en el seno de la sociedad española de la época;  porque la debilidad de la economía española impedía desplegar las fuerzas militares necesarias para inclinar a su favor el balance de la guerra.

Entre las consecuencias de la revolución restauradoras, citamos: Que aquella contienda, que duró casi dos años, le costó a España 21 mil bajas, entre muertos y heridos y más de 33 millones de pesos fuertes; que los dominicanos perdieron centenares de vidas y dejó en ruina la economía nacional; que la revolución le puso fin al predominio tradicional de la clase social de los hateros en la vida dominicana; que la revolución causó una gran fragmentación del liderazgo político dominicano, pues los cabecillas de tropas regionales y locales muy pronto se convirtieron en caudillos y caciques, en jefes políticos y militares en sus respectivas regiones; que la revolución restauradora estimuló la lucha emancipadora de los pueblos cubano y puertorriqueño, donde tres años después estallaron los primeros gritos independentistas; que los nuevos gobernantes haitianos quedaron convencidos de que era inútil seguir con su política de confederar la Isla por la vía de la fuerza; que durante la revolución restauradora se consolidó el ideal independentista de los dominicanos.

La revolución restauradora fue una auténtica guerra de liberación nacional, de carácter popular, pues se gestó entre las masas campesinas, que constituían el 90 por ciento de la población dominicana. Al ser una continuación de los ideales liberales, democráticos, patrióticos y nacionalistas de los trinitarios, la revolución restauradora fue definida por Eugenio María de Hostos como la verdadera guerra de independencia del pueblo dominicano, la cual dejó entre sus enseñanzas que un pueblo pequeño y mal armado puede derrotar una potencia extranjera, siempre que se una y persista en la lucha.

Autor: Filiberto Cruz Sánchez

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