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Plaga de chinches: una historia para no dormir

Washington, 2 feb (EFE).- EEUU está bajo ataque enemigo: escuelas, hogares y hasta hoteles de lujo desde Nueva York a Los Angeles asisten impotentes al avance implacable de una plaga de chinches que los exterminadores creían haber eliminado hace décadas. Los diminutos insectos se alimentan de sangre humana y atacan a sus víctimas durante las horas del sueño, generalmente poco antes del amanecer.

Atraídas por el calor, y el dióxido de carbono, perforan la piel de sus "anfitriones" con dos trompas: una de ellas les sirve para inyectar su saliva, que contiene anticoagulantes y sustancias anestésicas, y la otra, para chupar la sangre.

Tras el botín, se dedican a dormitar, ocultas en colchones, muebles, armarios o almohadas.

Pese al secretismo que las caracteriza, han salido a la luz, y es que su presencia en lugares como Manhattan es tan extendida que sus habitantes bromean que, ahora sí, "Nueva York es la ciudad que nunca duerme", un eslogan que desde hace años ha servido para definir la frenética actividad en la metrópoli.

Alicia Sells es una de las neoyorquinas a la que las chinches quitaron el sueño.

Entre abril y julio del año pasado, la residente de uno de los barrios más caros de Nueva York vivió una guerra sin cuartel contra sus indeseados huéspedes.

"Fue muy frustrante", dijo Sells a EFE. "Era algo así como estar bajo ataque y, además, me sentía sucia, aunque ya sé que no tiene nada que ver con la higiene", añadió, para posteriormente relatar su prolongado "vía crucis".

Sells pensó primero que las picaduras eran de mosquitos.

Desesperada por el constante bombardeo y el picor de las mordeduras llamó a un exterminador, quien le dijo que tenía cucarachas.

Convencida de que el motivo era otro, "cazó" unos cuantos insectos y los mandó a analizar al Museo de Historia Natural, que pronunció el diagnóstico definitivo: chinches.

Jeffrey Eisenberg, presidente de Pest Away, la compañía exterminadora de insectos y roedores que ayudó a Sells a "recuperar el sueño", asegura que la situación es "una epidemia".

"La gente tiene fobias de todo tipo", dijo Eisenberg a EFE, uno de los pocos en beneficiarse del imparable avance de los chupópteros, con más de 150 trabajos semanales de exterminación.

Los periódicos neoyorquinos publican estos días historias de novios que no se quieren acostar con su pareja tras descubrir que él, o ella, tiene chinches en el colchón, de demandas a propietarios de inmuebles y propuestas de políticos -como la concejal demócrata Gail Brewer- para crear un "Grupo de Trabajo Anti-Chinches".

Desconcertados ante este desembarco masivo, expertos como Eisenberg culpan de la situación al constante tráfico de viajeros de todo el mundo en grandes urbes como Nueva York.

Y es que, las chinches son grandes trotamundos, lo que probablemente explique su presencia en otros lugares del país como Chicago o Los Angeles.

"Les encanta encontrar un agujerito para irse contigo a casa cuando te hospedas en un hotel", dijo a EFE Steve Kuhse, un exterminador de Chicago, quien ha realizado "discretas" campañas de erradicación en hoteles de cuatro y cinco estrellas de la ciudad.

Según Kuhse, la desaparición de potentes insecticidas como el DDT, que se prohibió después de la II Guerra Mundial y sirvió para erradicar la última plaga de chinches, complica las cosas.

"La nueva generación de exterminadores no sabe cómo hacer frente a esta plaga", dijo Sam Labonbard, otro exterminador de Chicago, quien recuerda que la última vez que hubo una epidemia de este calibre fue en la década de los 30 y 40.

Los insectos, a los que se conoce desde la antigüedad, son los que mejor se han adaptado a los ambientes humanos y es fácil encontrarlos en lugares pobres con temperaturas cálidas.

Robert Schwartz, profesor de dermatología de la Universidad de Medicina de Nueva Jersey, asegura en un estudio que en regiones rurales de Gambia, más del 37 por ciento de las camas de niños tienen chinches.

"Es emocionante, un nuevo desafío", dijo a EFE un entusiasta Labonbard.

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